Qué gracia tendría contar lo bien que pasé mis vacaciones? Ninguna, en absoluto. Nada hay más aburrido que leer el relato benigno de alguien que acaba de regresar de pasar una quincena de días de esparcimiento, dando tregua a la rutina anual.
Además, no sería yo si desperdiciase un post describiendo con detalles las alegrías vividas en este puñadito de soles y lunas, algo lejos de mi casa.
Me sentiría una estúpida contando, por ejemplo, lo que disfruté caminando tomada de la mano de mi legítimo marido como dos tórtolos, sin tiempos, aquellas noches marplatenses calurosas y diáfanas. Me sentiría una estúpida, sobre todo, porque no estaría diciendo la verdad, toda la verdad, excluyendo en el relato que mientras andábamos esas veredas del centro con verdaderos deseos de gozar del paseo, debiámos estar atentos de no pisar los soretes de los perros que minaban el camino, sin descuidarnos, a la vez, de los eventuales arrebatadores que especulan con la vista atenta al suelo de los turistas evitando embadurnarse los zapatos con caquita de animal ajeno, mientras respirábamos la pestilencia, profunda y penetrante, resultado de los efectos colaterales de los indigentes y mamados que duermen en cuanto recoveco hay en la estructura edilicia de la gran cuidad, mezclado con el tufo a fritanga que emanaba de algunos locales de comidas rápidas, esos que suelen ocasionar tránsito intestinal más rápido aún a quienes la consumen.
Yo no sirvo para contar lo bueno de lo bueno. Estoy programada para relatar lo malo de lo bueno. Me divierte más, me satisface más.
V A C A C I O N E S E N L A I N F E L I Z
Alquilar un departamento en Mar del Plata, sin haberlo visto antes, confiando en las referencias que nos da el dueño para encajárnoslo, es como una cita a ciegas con un señor conocido por medio del chat que cuelga fotos de George Clooney en su perfil y con el que combinamos encontrarnos directamente en el registro civil con fecha de entrega.
"Está a dos cuadras del mar y a cuatro de la calle Güemes, el paseo concheto de la ciudad..." nos sedujo el propietario. Si, si, sisisisi; era cierto. Pero lo que omitió decir es que estaba en la zona más ruidosa y fastidiosa de Mar del Plata; qué digo de Mar del Plata? DEL MUNDO!
No hubo una prostituta noche en la que pudiésemos dormir.
Bocinas que disparaban alarmas que disparaban a otras alarmas que hacían disparar a otras alarmas de los autos estacionados justo debajo de nuestro balcón, siete pisos más abajo. Gente que pasaba gritando; el trencito de la alegría con esa música de porquería; fiestas con estruendosos petardos; más bocinas; más alarmas; "X28 activada", "X28 desactivada" (quién mierda puede tener todavía una X28 con esa horrenda voz nasal artificial que avisa cuando está conectada o desconectada la recalcada alarma del auto!?); los vecinos del edificio... ay! los vecinos del edificio...
El puteador latoso:
Cada noche, entre las dos y tres de la madrugada, empezaba la función. Alguien anónimo, fastidiaba con algo que molestaba a todos pero que, sin embargo, solo uno, siempre el mismo, se encargaba de hacerle notar lo irrespetuoso que estaba siendo:
-Apagá la música laconchadetumadre! Son las tres de la mañana!
(El sonido aumentaba de volúmen)
-Apagá esa mierrrrda! Más respeto, carajo!
(La mierda, entonces, se oía más fuerte)
-Pero estás drogado? No entendés que hay horarios para respetar? Sos un hijoeputa! Te voy a...
No sabía que había tantas malas palabras. Aprendí un repertorio de epítetos que nunca nadie me había enseñado. Por supuesto, tomé nota.
Pase de facturas en la noche:
Tipo dos de la mañana, una pareja, de quien sabe qué piso y de cual de los edificios lindantes, comenzó a discutir. Ella le reclamaba a él que jamás le pasaba dinero de lo que cobraba del sueldo y él, se defendía atacándola con palabrotas y amenzas.
A las cuatro, Marcelo y yo, en calzones, nos descubrimos arrodillados sobre la cómoda y con la oreja derecha pegada a la persiana.
-Qué le dijo al final de la frase? Lengua bífida?
-Gorda frígida, le dijo. Shhhhh, jame escuchar...
Mi marido y yo, trepados a la cómoda, teníamos show gratis. Afuera, en la calle, el ruido era traído y llevado por el viento y a veces, no nos permitía escuchar bien los remates de la discusión.
-Ella tiene razón... él es un miserable-opinaba aprovechando el bache
-Es una boluda! Si hasta llora como una boluda!- sentenciaba mi cónyuge, mientras intentaba subir un poco más la persiana con el fin de oir mejor.
-Que la terminen o que hablen más claro, caracho!
El ascensor
La puerta de nuestro departamento se encontraba pegadita a la de los ascensores por lo que, cada vez que alguno subía o bajaba del séptimo piso, nos rendía cuentas involuntariamente.
Cuánto descortés se toma vacaciones! y, todos, se aglutinaron en mi edificio.
Muchas veces, se olvidaban de cerrar correctamente las puertas de los elevadores en los pisos inferiores por lo cual, cuando un vecino del séptimo pretendía descender, debía gritar, a cualquier hora de la noche, hasta desgañitarse, para que un alma compasiva oyese el reclamo y se dispusiera a habilitar el uso del aparato, tan solo, cerrando la puta puerta.
"Ascensooooooooooooorrrrrrrrrrrrrrrrrrrr! Ascensoooooooorrrrrrrrrrrrrrrr!", golpeando con la palma de la mano contra el acero, a las tres, cuatro, seis de la mañana y nosotros, con los ojos fuera de órbita, clavados en el techo...
Para poder conseguir una playa decente, en donde sentarte en la arena no implique tener que aceptar los dedos del pié de un desconocido hundido en el ojete, hay que subirse al auto y alejarse hacia Punta Mogotes y más allá.
Las playas de la Feliz son un asco; sucias, repletas y olorosas.
Si vas a una playa del centro y decidís caminar por la arena, es posible que, cuando regreses, traigas un profiláctico usado enganchado en el dedo gordo del pie, un sorete humano aplastado en el talón y una bolsita de nylon o un pañal descartable a modo de tobillera, enroscados en la tibia.
Para evitarlo, hay que alquilar carpa en un balneario, lejos, en donde te ofrecen piscinas, restaurante, música, actividades, limpieza, seguridad, a cambio de entregar el rosquete, porque cuestan caro, pero valen la pena.
Dedicamos una tarde completa a visitar los cien balnearios del sur con el fin de escoger uno que encajase en las pretensiones de los tres integrantes de la familia y quedarnos con ese, para no perder tiempo, cada día, en yirar buscando uno diferente. Una vez elegido el balneario al cual iríamos a pasar los días de sol y calor completos, nos quedamos tranquilos. Todos estuvimos de acuerdo. Escogimos uno en el que los tres tuviésemos algo que nos entusiasmara: Valu tenía juegos, pileta para niños con actividades recreativas, Marcelo tenía una piscina de película y culos de película para regocijar la vista y yo, baños implecables (puedo estar todo el día sin hacerte un pis si hay un granito de arena en la tapa del inodoro. Pishar en el mar? Naaaah, gracias... Eso lo hacía mi vieja y me traumatizó).
Cuando quise ser del pueblo.
Una mañana desperté con el deseo de vivir una experiencia popular. Le pedí a mi marido que comprase una de esas carpitas iglú, aquellas tan simpáticas que parecen haber reemplazado a las sombrillas, y me permitiese vivir la experiencia de ir a una playa pública.
Compramos un lindo iglú de colores vivos.
Al llegar a la playa, estuvimos media hora para encontrar un sitio de un metro y medio lineal libre para poder armar la carpa, y cuarenta minutos intentando poner en práctica las instrucciones del vendedor para pasar las varillas contraíbles por las ranuras de la tela y asi, montar finalmente el iglú.
Precioso quedó! Estábamos chochos con el coso ese, salvo por un detalle: en su interior, hacía tanto, pero tanto calor, que era preferible morir calcinados por el sol de mediodía fuera de él.
-No se supone que debería servir para proteger del calor? Es guita tirada!- decía mi cónyuge viendo como yo sacaba la heladerita con los sanguches y la bebida, fuera de la carpa, y la ponía a salvo de la temperatura marciana, protegiéndola bajo los rayos solares que estarían en los 38º F de sensación térmica- Plata tirada! Para qué me hiciste comprar esta carpa si no la vas a usar hoy ni nunca más? Sos cabezona!
-Y para qué me hiciste caso?
-Por no discutir en vacaciones...
-Vos no tenés espiritu aventurero, Marce.
-Ah! y vos? Si tenés menos campamento que Paris Hilton!
-Metete en el sauna portátil y quedate amortizando el gasto- y lo dejé hablando solo sentado dentro del iglú, y me fuí con la nena a remojar las patas al mar, segura de que, al regresar, lo encontraría con la masa encefálica derretida y, por lo tanto, sin ganas de seguir reprochando.
El Tsunami
Por allá, a lo lejos, oí sonidos de tambores. "Uy! Una murga!" Tomé a Valentina de la mano y me fuí al epicentro de la joda a divertirme un rato. Nos alejamos un poco. Estuvimos unos cuarenta y cinco minutos, una hora, tal vez, un poco más, viendo a cuatro pelotudos tocar un tambor y dos platillos, moviéndose como si las marabuntas le estuviesen comiendo la planta de los pies, y decidí regresar, cuando recordé que tenía un marido que había dejado amortizando el efecto invernadero, a bañomaría, que estaría preocupado por sus chicas.
Tan entretenida estaba viendo como esos payasos nos tomaban el pelo, aturdiéndonos con sus ruidos sin compás, que no me enteré de que el cielo, de pronto, se había puesto negro.
Al girar sobre mi eje para desandar el camino, noté que, a cien metros de donde estaba, había mucha menos gente en la playa y, la poca que quedaba, corría desesperada tomando sus pertenencias, gritaba, caía tropezándose y chocándose unos contra otros... "Qué pasa aca?", pensé sosteniendo de la mano bien fuerte a Valentina. Unos metros más allá, la arena se puso agresiva.
Valentina y yo no podíamos avanzar; el viento se compactó convirtiéndose en una pared elástica frente a nuestros cuerpos y la arenilla se nos clavaba en la piel como sílice, obsesionada con meterse dentro de nuestros ojos.
-Mamita... me duele... no puedo caminar! No puedo ver!-lloraba la nena a quien llevaba casi flamenado, sosteniéndola fuertemente.
-Ya casi llegamos, mi amor. Falta poco.
La playa había quedado desierta; ni los guardavidas estaban. Solo, a unos diez metros de nosotras, pude ver a mi marido, parado, con todos los bártulos que habíamos llevado colgados de cada uno de los miembros con que cuenta en su cuerpo humano.
Verlo ahí, paradito, en medio de la tormenta, rodeado de arena danzante, con el bolso enganchado en un hombro, la heladerita colgada del otro, los baldecitos de la nena ocupando una mano, los toallones enroscados en su cabeza y piernas, lo que quedó del iglú pendiendo de su antebrazo, mis ojotas en la otra mano y algunas bolsitas de plásticas voladoras, atascadas en su mejilla y sus muslos, me causó mucha gracia...
-De qué te reís????!!!!- gritó, escupiendo arena- Vos estás loca? Vamos! Corré! Hay que ponerse a salvo!
Yo no podía avanzar, no me lo permitía el viento ni la arena. Unos intensos relámpagos iluminaron el cielo borrascoso y, de inmediato, el estruendo del trueno que provocó el pánico de los pocos turistas que quedaban corriendo en la playa.
Marcelo, de pronto, largó todas las cosas que tenía encima y, aupando a Valentina, me dijo "agarrá las cosas que puedas y corré todo lo que te den las piernas. Yo me encargo de la nena", y se alejó unos metros, para poner a salvo a su tesoro más valioso.
Miré los bultos que habían quedado desparramados y elegí, en un instante, cuales salvar llevándolos conmigo. Por supuesto, cargué el bolso, en donde estaban mis cosméticos y la heladera, en donde estaban los sanguches que aún, no habíamos podido almorzar.
Llegué última a reunirme con la multitud que se había guarecido en un espacio construído lejos de la playa y el mar.
-Cómo se te ocurre alejarte con la nena, justo cuando se está acercando una tormenta tan violenta? Yo estaba desesperado, Sonia! Apenas te fuiste, los guardavidas comenzaron a hacer sonar el silbato para advertir a la gente que debía salir del agua y avisaban a todos que se fueran de la playa lo más urgente posible. No los oíste? De repente, se armó el temporal y no me daban las manos para juntar nuestras cosas mientras buscaba con la mirada a mi hija y mi esposa que no llegaban nunca!
-Ehhhh! Tranquiiiilo! No pasó nada... Acá estamos, sanas y a salvo.
-Pensé que les había sucedido algo! No sé...pensé que una sombrilla arrancada por el viento las había lastimado; que se habían perdido en medio de la desesperación de la gente...
-Nosotras estábamos tranquilas aceptando que cuatro idiotas nos tomen el pelo.
-Nunca...jurame, NUNCA más te alejes con Valentina en un día tormentoso. En el mar, nunca se sabe.
-No estarás exagerando?
-Con los desastres naturales inesperados que están sucediendo desde hace un tiempo, vos crees descabellado pensar que pueda ocurrir un tsunami en Argentina?
-No en Mar del Plata, Marce... un tsunami tiene demasiada categoría como para acontecer en esta mierda...
En una cosa no exageró mi marido, debo admitirlo: haber comprado el iglú fué guita tirada. Lo perdimos en la "operación evacuación" para ponernos a salvo del tsunami que no fué...
LOS QUE LLEVAN LA LOCURA A PASEAR
Yo no digo que la gente que sale de vacaciones debe fumarse un porro y flotar por las calles repitiendo la expresión "mechupaungüevo". No digo que en vacaciones es obligatorio relajarse hasta el punto de no controlar esfínteres para contrarrestar el culito apretado de la tensión en época de actividad laboral. Sostengo que, quienes pueden tomarse unos días de descanso merecidos, intenten mantenerse serenos y gozar de esa oportunidad, por ellos mismos y por el resto de las personas que buscan distenderse un poco.
Entiendo que haya personas que no encuentran la manera de desengancharse de los problemas cotidianos pero llevarse el nerviosismo a un lugar de esparcimiento, es una falta de respeto al prójimo.
Los prepotentes impacientes
Me cansé de presenciar discusiones entre deficientes espirituales, por un lugar en un estacionamiento, por no avanzar de inmediato cuando el semáforo marca el verde, por colarse en la fila de McDonald's o por abrirse paso a los empujones para obtener un producto gratuito de esos que reparten unas chicas con las cachas asomadas bajo los shorts, para hacer publicidad.
Son idiotas?
Una noche, caminábamos por la Avenida Colón y observo que dos tipos, en una esquina, se hablaban chocándose los pechitos, como hacen los gallos. Me acerqué, no porque quisiera intervenir o escuchar, sino porque era el camino obligado que debía hacer para regresar. Se insultaban y se reprochaban: uno le decía al otro que había detenido el auto justo delante de su paso y el otro, que por qué quería atravesar la calle en el preciso lugar en donde él había estacionado.
Se empujaban, acercaban sus rostros y se hablaban escupiéndose bronca y saliva mientras gritaban. Debió intervenir la policía.
Hay necesidad?
Estafados y estafadores
Otro día, una señora y su esposo hicieron un escándalo en una farmacia porque la balanza que estaba en la puerta no funcionaba y les había comido los cincuenta centavos que habían metido en la ranura. "Esto es una estafa!", gritaba la mujer, "YA mismo quiero que me devuelvan mis cincuenta centavos!". La empleada del local pretendía explicarles que no contaba con monedas y que tampoco podía acceder a las que estaban dentro de la máquina pues, necesitaba una llave que solo el dueño tenía y éste, no estaba allí. Les decía que esperasen un poco hasta conseguir los cincuenta centavos, pero esta pareja cubría sus palabras con gritos. Hasta que me pudrí del escándalo y la demora que éste provocaba a las personas que estábamos en la fila de caja para pagar lo que habíamos ido a comprar y saqué una moneda de un peso del bolsillo de mi cartera y se la ofrecí a la vieja escandalosa: "Tome, señora. Váyase que no la aguantamos más! Quédese con el vuelto".
Cuando me tocó pagar, la cajera me informó que eran dieciseis pesos. Yo tenía un billete de diez, uno de cinco y uno de cien. Le ofrecí cien y me dijo, rotundamente, que no tenía cambio para el vuelto, entonces, le dije que tenía quince:
-Pero faltaría un peso...
-Si, pero yo le dí un peso a la pareja que acaba de irse. Descontámelo de los dieciseis y cobrame quince.
-Bueno, pero el peso se lo diste porque vos quisiste. Yo no puedo hacerme cargo...
-Ok, entonces, conseguí cambio y cobrate de los cien.
-No tengo cómo conseguir.
-Entonces cobrame quince y hacé de cuenta que el peso se lo diste vos a los viejos quilomberos que, por otra parte, yo te saqué de encima.
-Imposible. El peso se lo diste vos, no yo.
-Metete los tampones el culo, linda, y taponátelos con las monedas de un peso y de cincuenta centavos que nos fregaste a los viejos y a mi!- le dije, con una sonrisa hipócrita y sin levantar la voz, dejándole la caja de Days medio sobre el mostrador.
El frustrado
Llegamos al inmenso estacionamiento del balneario, 40 grados a la sombra, y había fila para entrar. Nos ubicamos detrás de un Fiat Uno, que en alguna época habría sido de color azul, modelo 74. De pronto, notamos que llega otro empleado, además del que ya estaba organizando la entrada, y habilita otro paso para agilizar el ingreso. Marcelo espera unos segundos y, al ver que ninguno de los otros conductores de adelante tomaba la iniciativa de abrirse y armar una nueva fila, decidió hacerlo él.
En un minuto, ya estábamos adentro, estacionando el auto en el lugar indicado. A nuestro lado, pegadito, se detuvo el Fiat '74 y, del cual bajan un hombre y una mujer que se nos acercan.
-Vos sos vivo?- le dijo el tipo, nerviosito, a mi marido legítimo.
-Ehhhh???????
-Vos qué te pensas, que porque tenés guita vas a poder pisotear a quien se te da la gana?
-Perdón? No entiendo...
-Seeee que entendés! Entendes muy bien, maleducado! Te adelantaste en la fila y sobrepasaste a todos los que estábamos esperando. No te hagas el boludo- el hombre tenía ganas de pelear.
-Yo no tengo la culpa si sos lento. No iba a estar una hora esperando a que decidas meterte en la fila nueva.
-Vos sos un canchero como todos los que tienen guita!- se me escapó una carcajada. Por la situación bizarra y porque el imbécil insistía con que somos ricos. La mujer que lo acompañaba me miró y me dijo "maleducada!", lo que me produjo más risa aún.
-No tengo ganas de discutir, flaco- advirtió mi marido- Ya está...ya fué... Estoy de vacaciones...
-Eso no te da derecho a basurear a la gente!
-Yo no te basureé. No molestes...- decía Marcelo, sin mirarlo, mientras sacaba del baúl, los bártulos que habíamos llevado para pasar el día- Relajate, hermano, ya fué...
Y nos fuimos caminando hacia la entrada del balneario mientras, los otros dos, nos seguían por detrás, haciendo comentarios como "son todos iguales!", "los que tienen un mango piensan que pueden humillarnos" y nosotros, escuchábamos sin responder, hasta que la mujer, tuvo la desafortunada idea de levantar la voz y vomitar "la culpa es tuya, negro, tenías que haberlo cagado a trompadas, para que aprenda". Ayyyy!, pensé, activó el botón de autodestrucción! Mi marido se dió vuelta y la música de la película Tiburón, sonó, virtualmente, de pronto, como fondo de escena, y la miró fijamente por eternos cinco segundos.
El hombre morocho pendenciero apretó el culito y, sobrecargado de bultos (sombrilla, heladera de telgopor, bolsas, bolsos, los cosos para jugar al tejo, etc), siguió con paso firme hasta perderse en la playa pública, como si no le pesaran nada, con la cabeza gacha.
- LO QUE UNO HACE POR SUS HIJOS
Las actividades que divierten a Valentina son muy excéntricas y caras o muy, pero muy berretas. Ella puede pedirte que la complazcas con una vuelta sobre el mar en helicóptero y también, puede secarte hasta conseguirlo, un paseo a mirar la vidriera de un negocio en donde venden mascotas. Ambas propuestas le ofrecen la misma intensidad de felicidad. Pero no a mi...
El Tren del horror
Me pregunto hasta qué edad los chicos piden que se los lleve a pasear sobre el Trencito de la Alegría. Cinco? Seis? Siete? Pues si es hasta los siete, tengo decidido no volver a vacacionar JAMAS en un lugar en donde haya un puto tren de esos.
Los Trenes de la Alegría o de la Fantasía son vehículos rodados, supongo que con la base del chasis de un micro o un camión, acondicionados y decorados como si fuesen el vagón de un tren o un barco, en donde la gente paga para subir y ser llevado a dar unas cuantas vueltas pelotudas, animados por personajes infantiles, alrededor del centro de la ciudad.
Cuando los ve pasar, cree que las personas, arriba del trencito, se divierte a lo grande. Uno los escucha cantar, gritar, aplaudir y, de verdad, está seguro de que es super alegre y que vale la pena intentar una vuelta.
Valentina molestó los primeros cuatro días con que quería ir al trencito. Tanto insistió, que finalmente accedimos a su pedido.
Setenta personas subieron al tren, entre los cuales, nosotras, Valu y yo. Ella estaba fascinada porque también estaban los personajes de sus programas favoritos, con los que quiso tomarse fotos.
Ay, midió! Nunca me sentí tan ridícula, encerrada, sofocada, enojada, engañada, manoseada, maltratada, en mi vida!
Por empezar, la música que sonaba, a todo volúmen, no eran canciones para niños! Eran temas de Cacho Castaña, Sandro, cumbia villera, regaetton...
Luego, los personajes que los chicos se estiraban para tocar, acariciar, besar, eran unos fascinerosos disfrazados "de", que estoy segura, estaban bajo libertad condicional o escapados de un penal de máxima seguridad, escondidos tras esas máscaras y trajes.
.Barney, era un roñoso malhumorado que se hacía el sordo cuando un padre le pedía que posase para la foto junto a su hijo.
.El hombre araña, estuvo todo el viaje dele quete dele acomodarse los genitales metiéndose la mano por debajo del slip zunga que tenía puesto sobre su traje rojo y azul y rascándose el culo.
.Minnie, me volteba con el olor a transpiración. Pobre piba! demasiado calor y ella con ese atuendo pesado.
.Stephanie, la adolescente rosada de Lazy Town, tenía como 48 años y saludaba con una voz de fumadora reventada que metía miedo.
Quien tenía el control del micrófono y daba las directivas de lo que se debía hacer mientras el trencito avnazaba por las calles marplatenses, era la princesa... PRINCESA! madremia! Una morocha regordeta que se comió todas las eses que pudo y nos hablaba con autoritarismo y tono amenazador.
"Ahora se paran todos!", "Ahora griten la palabra 'bien' cuando yo les pregunte cómo la están pasando", "Ahora, aplaudan fuerte, fuerte!"
Asi, nos tenía recagando a todos, ordenándonos qué debíamos exclamar y cómo debíamos movernos.
Yo me quería bajar... Me sentía secuestrada... Me dió un verdadero panic attack...Hasta tuve miedo de que el conductor metiera al trencito en una calle oscura para que los personajes nos violasen y robasen nuestras pertenencias.
Luego comprendí porqué cuando uno ve pasar desde la vereda al trencito, tiene la impresión de que los de arriba se divierten sinceramente. LOS OBLIGAN A HACERSE LOS DIVERTIDOS!
Uno paga para hacerles publicidad! y, sin embargo, lo pasa como el tujes...
Fuimos con la idea de descansar de todo lo que, obligadamente, nos toca hacer rutinariamente el resto del año.
Yo, por ejemplo, lo único que estaba dispuesta a hacer, era limpiar el baño con lavandina, porque es una manía de la que no puedo despojarme ni estando en terapia intensiva. De todo lo demás, nada de nada. Es por eso, que decidimos salir a comer afuera (no al balcón sino a un restaurante), cada noche y algún mediodía que no nos encontrase en la playa.
La gente conocida nos fué recomendando buenos lugares, en su opinión, como para no caer en sitios desagradables.
Efectivo
Créase o no, en la mayoría de los sitios a los que fuimos a cenar, no aceptan tarjetas de créditos o débito.
El primer garrón nos lo comimos en una linda pizzería del centro.
Nos sentamos famélicos, luego de un largo día de mar y caminatas, y pedimos unas cervezas y pizzas de diferentes gustos. Cuando la moza ya había dado la orden al maestro pizzero, a mi esposo se le ocurrió preguntarle, de casualidad, si podía pagar con plástico.
-No, ninguno- dijo la chica muy suelta de cuerpo- Tampoco aceptamos débito.
Tragamos saliva y nos miramos... No teníamos dinero efectivo; nunca llevamos encima más que cierta cantidad como salir del paso pero, para gastos grandes, que superen los doscientos, nos movemos con tarjetas.
Cómo no hay crédito en restaurantes de una ciudad balnearia tan grande? Son estúpidos o se hacen?
"Asi pueden negrear...", explicó mi marido.
"Y ahora? Qué hacemos?", pregunté yo.
Indicamos a la camarera que suspendiera por un rato lo pedido y Marcelo salió a buscar cajeros automáticos para retirar dinero en efectivo y asi, poder pagar nuestra cuenta.
Estuvo una hora recorriendo Banelcos hasta que dió con aquel que está debajo del casino (ahí siempre hay guita) y pudo extraer al fin. Durante esa hora, yo no sabía qué hacer para entretenerme y entretener a la nena, que ya se había comido el pan y la panera y, sin darme cuenta, bebí mi porrón de cerveza y el de mi marido, con el estómago vacío.
No estoy acostumbrada a beber alcohol, por lo que, cuando mi legítimo llegó con el dinero, yo tenía un pedo heterodoxo tal, que no me permite recordar muy nítidamente lo sucedido después.
Marcelo asegura que la pizza, no estaba muy rica...
Ahora sí, no me cagan más!
A partir de esa experiencia, cada vez que salíamos, nos asegurábamos de llevar dinero suficiente como para pagar la cena.
"No nos cagan más estos marplatenses!", decíamos creyéndonos muy pillos.
Una noche, nos emperifollamos bien y fuimos a un sitio que nos recomendó por mensaje de texto, mi cuñado. "...Es en el complejo Normandina. Se come muy bien y está en precio", se leía en el celular.
Llegamos. El lugar, precioso! Casi a la orilla del mar. La noche estaba estrellada y cálida. El restaurante, tenía inmensos ventanales que parecían contener el agua del océano.
Cuando el camarero se acercó, Marcelo ya tenía decidido el vino que iba a beber. No hizo falta que leyera las opciones de la carta. De inmediato, nos alcanzaron el menú y lo leímos... nos miramos... volvimos a leer, por si ambos nos habíamos equivocado...nos miramos otra vez y nos echamos a reir en el preciso momento en que el sommelier se acercó con la botella de vino y se dispuso a servirlo en la copa, con una mano replegada sobre su espalda y un pié detrás del otro, haciendo pose.
NUNCA CONFIES EN UN RESTAURANTE EN DONDE EL MOZO TE SIRVE EL VINO HACIENDO ADAGIO SON PLIÉS, DÉVELOPPES, GRAND FOUETTE EN TOURNANT Y JAMBE EN L' AIR (en una palabra, cuando te baila clásico con tutú), porque, seguro, te rompen el upite!
Ciento once pesos costaba un puto plato de fideos con manteca y salvia!Era el plato más económico. Ciento once pesos! Fideos! Con manteca y un cacho de hoja de salvia! Eso sí, ese precio era por media porción, si querías porción completa, el doble...
La verdad, es que debimos habernos levantado e ido, pero el vino ya estaba servido
y el bailarín clásico permanecía a nuestro lado esperando para llenarnos la copa una vez vacía. No nos dió la cara...
-Tenés suficiente efectivo? Mirá que, entre los tres platos y las bebidas no vamos a gastar menos de seiscientos o setecientos mangos, eh? O pedimos media porción de algo para los tres y compartimos?
-No seas negra! Cómo vamos a compartir un plato entre los tres!? Esperá que pregunto si aceptan tarjetas de crédito, sino, tendré que ir a buscar un cajero...
Aceptaban, pero con un recargo del diez por ciento por lo cual, decidimos hacer como los tipos que contratan a prostitutas : con forrito pagan un precio, sin forrito, más... asi que, elegimos la opción sin forro, que por otra parte era la única que teníamos, y nos entregamos a gozar.
La comida? Una mierda!
Cuando llamamos a mi cuñado para preguntarle qué corno se le había pasado por la cabeza cuando nos recomendó ir a ese lugar, nos dijo que se había equivocado y que, ese mensaje, era para otra persona y en otro contexto...
Mis vacaciones fueron geniales, sobre todo, porque aprendí a disfrutar lo bueno de lo bueno, lo malo de lo bueno, lo bueno de lo malo y lo malo de lo malo. Si todo hubiese sido prolijo y estupendo, me hubiese aburrido como una ostra en una pecera.
Es que uno nunca sabe cuando podrá volver a tomarse un descansito...