Pecados Capitales
by una ama de casa dignamente mediocre
agosto 16, 2011
Muda
Muda. Muda con doble sentido, de ida y vuelta.
Muda de silencio acá y muda de traslado, allá.
Muda de metamorfosis, allá. Muda por lo sigilosa, acá.
Muda de mudanza pero también muda por afásica.
Enmudezco porque me mudo.

Voy a andar por ahí, igual pero diferente.
El que busca, encuentra... y si quieren acortar caminos, pueden recurrir a la fuente.

Que me volví loca? Siiii, shhhhh...no se lo cuenten a nadie... Dicen que hay cosas que no se divulgan (debería aprenderlo y aprehenderlo, pero me resisto). Por eso me mudo...

No imaginan cuánto me duele! Son tantos años acá.
Siento como si dejase mi casa con todos mis muebles, mis libros, mis fotos, mis maquillajes, mis cartas, y me fuese con lo puesto a otro lugar, llevando como único bien una agenda telefónica y un bolígrafo con el cartucho de tinta a la mitad.
Siento como si dejase mi casa pero no por propia decisión sino porque me echan. O mejor, porque decido irme antes de que me corran.

-Puedo llevar mi notebook?
-No.
-La perra?
-No. La perra se queda acá.
-La pincita de depilar?
-No; de ninguna manera. Conseguite otra.
-Puedo llevarme una bufanda, un par de bombachas y los tampones?
-No.
-Lo voy a necesitar!
-Lo hubieras pensado antes.
-Un espejo?
-No!
-Puedo llevarme los recuerdos?
-Eso si. No podemos hacerte una lobotomía.
-Los recuerdos, entonces, sí puedo tenerlos?
-Si.
- Bien...(entonces, no todo está perdido. No me voy tan desnuda como creen. Con eso me basta. Ya van a ver...)







diciembre 19, 2010
Duérmete niña...
Después de cinco años y ocho meses de parida, Valentina, al fin, en el mes de abril, comenzó a dormir toda la noche en su cama, sin molestar; sin llamarnos en las madrugadas reclamando una traqueotomía por un fingido bloqueo de glotis; sin esforzarse para conseguir vomitar su colchón y asi, tener que acostarse con nosotros; sin llorar ni reprocharnos que ella nunca fué consultada si quería nacer para tener que dormir solita, lejos de sus padres.

En este tiempo, mi legítimo y yo, hemos probado, sin éxito, todos los métodos humanos y no tanto, para conseguir que este milagro se produjera de una buena vez. Probamos hablarle con dulzura, explicándole que los papás deben dormir en una cama y los hijos en otra.

-Y cómo hacen los pobres que no tienen camas?- nos chicaneaba ella buscándole el vacío a la regla
-Los papás se acuestan en un cartón y los hijos en otro cartón, más allá...

Nunca pudimos convencerla de que era obligatorio, indispensable, que su sitio para dormir era su cuarto. Nos ganaba por cansancio.
La amenacé muchas veces, la extorsioné tantas otras, pero Valu se plantaba en sus trece y no claudicaba.
Hubo noches casi completas en las cuales, los tres permanecíamos despiertos, sentados, no permitiéndole cerrar un ojo como castigo a su intransigencia. Si cabeceaba, muerta del cansancio, la sopapébamos despacito en las mejillas al grito de: "despertate! Acá no duerme nadie! Salvo que...", y ella, como respuesta, pegaba sus pestañas a las cejas y nos doblaba la apuesta, hasta que caíamos rendidos y la mañana nos sorprendía echados unos sobre otros, en el suelo.
Nunca tuve noticias de que un ser vivo tuviese tanta resistencia! Valentina es una fundamentalista...

Le prometí que la vendería por Mercado Libre a unos pocos pesos; le juré que alquilaría su cuarto a un estudiante del interior del país; le aseguré que la denunciaría a la policía y que la condenarían a hacer un tratamiento con un psicólogo criminalista. Lloraba un poco garantizándome, falsamente, que a la noche haría el intento, pero jamás cumplimos, ni ella con el pacto ni yo con las amenazas.

Nuestros amigos nos recomendaban diferentes técnicas para conseguir que Valu durmiera toda la noche en su cama. Libros, páginas web, notas periodísticas, toda la bibliografía del mundo pasó por nuestras manos.
El método Estivill fué el último recurso lícito que probé; consiste en mantener una rutina estable durante un largo período y, en el momento de acostar al crío en su cama, repetirle varias veces cuánto se lo ama y lo importante que es para nosotros, supongo que para generarle seguridad.
Sin embargo, a mi hija, le producía el efecto inverso:

-Si me querés tanto como decis, por qué no me llevás a dormir con vos?
-Precisamente porque te quiero, estoy intentando enseñarte qué es lo correcto.
-Vos lo que querés es sacarme de encima! No me amas. Me odias!

Durante todos esos años, mi legítimo y yo manteníamos sexo oral (nos conformábamos con hablar cachondos por teléfono, él desde su trabajo y yo desde casa), mientras la nena estaba en el jardín, porque, obviamente, por las noches, era imposible cualquier contacto físico con ella en el medio.

-Mmmmh...anoche me tocaste el talón con el dedo gordo del pié...
-Seeee! Estuvo bueno, eh?
-Si, mi vida... Esta noche me gustaría que me acaricies el tendón calcáneo pero con el dedito chiquito.
-Claro que si! Me encanta que seas tan chanchita!

Yo estaba segura, segurísima de que se me iba a atrofiar el sentido de la lujuria. asi que, de ese modo, iba manteniendo el fuego de la pasión activo hasta que la nena cumpla los dieciocho y ya elija dormir con un novio, pero en otra cama.

Valentina no transaba con nada. Ninguna extorsión la persuadía; ninguna oferta la seducía. Le propusimos un perro, un viaje a Disney, una tortuga, un terreno en Marte. Nada. No negociaba.

Un día, caminando de regreso a casa, volviendo del jardín de infantes, me dijo muy suelta de cuerpo:

-Hoy hablamos con la señorita Romina e hicimos un pacto que no te puedo contar porque es secreto. Lo único que puedo decirte es que, a partir de esta noche, voy a dormir en mi cama.
-Se, se , se...claaaro, cómo no...
-En serio, mamá! Confiá en mi. Yo se lo prometí a Romi y lo voy a cumplir.

Nunca supe cual fué el pacto; jamás quiso contarlo, pero lo cierto es que, a partir de esa noche, Valentina duerme sola, en su cuarto, en su cama, naturalmente, como si lo hubiera hecho toda la vida.
No lloró, no se quejó, no reclamó, simplemente, fué, se acostó y se durmió.

Nosotros, su padre y yo, cumplimos con una de las promesas que le habíamos ofrecido para intentar entusiasmarla con el proyecto; nobleza obliga. Le compramos una perrita. Para el viaje a Disney y el terrenito en marte no nos daba el cuero y las tortugas están extinguidas.

Honestamente, al principio extrañábamos el bulto de su cuerpo en el medio de los nuestros. Fueron cinco años y ocho meses de dormir con ella!, no es poco... La cama nos quedaba demasiado grande y, por fuerza de la costumbre, igual dormíamos acurrucaditos en los bordes, contorsionados, dejando un espacio en el centro, como si Valu estuviese allí.

De a poco, fuimos recuperando, asumiendo y disfrutando nuestros derechos humanos de dormir cómodos, de despatarrarnos, de taparnos hasta la nariz y, sobre todo, de incursionar en el campo sexual. Ahora mi marido ya puede tocarme, con el dedo gordo del pié, los meniscos, sin nada ni nadie que se interponga.
No sabés cómo lo disfruto!
octubre 10, 2010
La dignidad de la fea
No debo... Mil veces no debo.
Yo sé que no debería dar "enter" a este post. Sé que no debería publicarlo.
Estoy atrapada entre la lucha ética interna y la verborragia inmoral que se presenta en relieve y subrayada en mi ADN.
Las veces que se me ha planteado esta disyuntiva profunda, logré superarla con un "ma síii!" y de esta manera, hasta acá llegué con este blog que lleva cinco años y medio sobreviviendo a los enojos y reproches de los verdaderos protagonistas de mis relatos, muchos de los cuales, me han tachado de su directorio telefónico o se cruzan de vereda para no tener que saludarme o escupirme.

Ma si !! Yo lo cuento...

El cosmiatra es el punto medio entre el médico dermatólogo y la señora que tira las cartas del Tarot. Nosotros, los cosmiatras, somos quienes hacen el trabajo sucio que no quieren hacer los especialistas en piel: quitar comedones o puntos negros, drenar pústulas, eliminar quistes de millium...
Los cosmiatras somos dermatólogos frustrados; muchas veces, juzgamos el tratamiento que los especialistas nos indican emplear con las personas que derivan a nuestros gabinetes, opinamos sobre principios activos, inventamos nuestros propios brebajes mágicos, probamos nuevos productos o ensayamos nuevas técnicas sin pedir permiso, confiando en el consejo del laboratorio y abusándonos de la confianza de la víctima.
Los cosmiatras tenemos delirio de grandeza pues llamamos "pacientes" a nuestros clientes y usamos mandil blanco y barbijo, como si fuésemos neurocirujanos.
No obstante, el cosmiatra, es un apóstol filántropo.

El trabajo de cosmiatra combina estética y psicoterapia.
Descubrí, con mi profesión, que las aflicciones privadas se estacionan justo debajo del estrato córneo, en la epidermis, en la parte más superficial de la piel; que las penas están ahí, escondidas, refugiándose entre las células muertas que se acumulan y se descaman y se renuevan, imperceptiblemente, sin hacer ruido o molestarnos.

Los pacientes, clientes, en un noventa por ciento de sexo femenino, vienen con la excusa primaria de corregir algunas imperfecciones o hermosearse pero, una vez que se acuestan sobre la camilla, sienten la necesidad imperiosa de hablar y contar sus sinsabores personales. Esto ocurre, tímidamente, apenas se coloca el producto de limpieza y se va recrudeciendo a medida que se utilizan productos más agresivos.
Es como si, exfoliando la capa córnea, dejásemos al descubierto las penitas del alma.

Atiendo y escucho a mis clientas con gusto, a algunas más que a otras. Intento no opinar para no comprometerme con temas ajenos, es decir, para no meterme en quilombos y permito que se desahoguen prometiéndome y prometiéndoles tácitamente, que nunca, nada de lo que me digan, saldrá de mi gabinete. Y lo vengo cumpliendo.
Pero hay una... hay una a la que atendería gratis, si no fuese porque gasto mucho dinero en productos para intentar resolverle su principal problema: la fealdad. A esa, le daría turnos todos los días solo para que me cuente, mientras le trabajo el rostro, las novedades de su penosa vida...

Se llama Carla, tiene veintetrés años. Es segura al hablar, bastante soberbia y cuenta con una fealdad que resulta difícil de describir, ahora que debería hacerlo. Es una fealdad ultrajante, tirria. Es como si la hubiera diseñado alguien enfermo de perversidad. Es una injuria, la pobre.

Por suerte, ella nunca se enteró de que es horrenda. Supongo que, como yo, la gente se compadece de su fatalidad y le miente y aquel que no se permite mentir por principios morales férreos o por su religión, tampoco le dice la verdad.
No estoy muy segura de que la sociedad esté obrando bien al engañarla, sobre todo, porque esta chica creció con los conceptos sobre lo lindo y lo feo, lo agradable y lo repugnante, distorsionados.
Ella cree que es normal; peor aún!, cree que es agraciada! Está segura de ello y hay que verla cómo critica a sus amigas, con qué insolencia se atreve a juzgar las tetas de una o las piernas regordetas de la otra!

El otro día le pregunté si tiene novio... de hija de puta, nomás lo hice! Claro que no tiene! Cómo va a tener? Siquiera un zoofílico podría sentirse seducido por ella!

-No!- respondió con suficiencia- Para qué novio? Los novios son problemas.
-Problemas?
-Claro! Yo no quiero trabas en mi vida. Para qué? Para que me cele, me desconfíe...? Nahhh! Yo veo a mis amigas y no puedo creer que sean tan idiotas. Se la pasan borrando los mensajes de texto de otros chicos para que sus novios no les hagan escándalos cuando les agarran el celular y viven mintiendo para que sus parejas no se enojen o les pidan explicaciones. Dejame así, libre, que estoy bien.

Y qué otra te queda, chiquita? Qué tupé!

-Pero tenés pretendientes, chicos que gustan de vos?- muy hija de puta yo! Muuuy! Sádica, despiadada, le pregunté para escuchar sus mentiras o sus fantasías.
-Ufff! Claro que tengo! Pero no le doy bola a nadie.
-Ah, si? Contame...- la entusismé, mientras le colocaba ácido en la jeta. Y comenzó a relatar historias increíbles, no, inverosímiles, utópicas, absurdas!
Quién carajo le va a creer que tantos hombres racionales, por más puñeteros que sean, se sientan atraidos por este malogro?
Ella lo cree. Si, ella está segurísima de lo que cuenta.
También cree que muchas de sus amigas la envidian y celan a sus novios porque piensan que éstos la desean calladamente.

Además de ser fea, la pobre, tiene la desgracia de contar con un acné muy purulento. Su rostro, resulta en su totalidad, un campo sembrado con minas antipersonales en el cual, área que se toca, explota con pus. El macho que se le atreva, será un verdadero héroe (o un cretino...).

Por supuesto, más allá de lo divertidas que me resultan las charlas con Carla, ella es una especie de conejo de indias para mi lado profesional. Pruebo todo tipo de alquimias sobre su piel, total, es imposible que derive a algo peor de lo que es y está. Al contrario, es más probable que surja un milagro y pueda, con alguno de mis ensayos, conseguir algún efecto grato en esa tragedia que es su cara.

A veces le doy consejos. Le sugiero que se recorte un poco esos alambres que tiene por cabello o que se decore con brillito los labios.

-No, Sonia... No me hallo con la cara pintarrajeada. A mi me gusta asi, natural, sin nada. Asi me siento bien.

"Vos te sentís bien!", pienso mientras ahogo las ganas de traerla a la realidad, "vos te sentirás bien, pero pensá en los que tenemos que verte, carajo! Un poco de respeto!".

Qué cosa, no? Y una se anda tapando con pareos cuando se descubre un par de pocitos celulíticos en una cacha...
agosto 15, 2010
Óvulo
Hay un período en la vida de una madre en el cual la felicidad de su hijo varón es inversamente proporcional a la suya...
Esta etapa dura poco, en realidad, hasta que la pena abdica a favor de la resignación...

Fede no es simplemente un hijo para mi. Fué un separador concluyente entre los capítulos del libro de mi vida. Fede fué mi Prestroika, mi Revolución Francesa; fué mi Piedra Roseta, mi desintegración del átomo; fué mi 11 de septiembre; fué mi Jesús y también mi Herodes.

Fede llegó a la fiesta de mi vida sin ser invitado y se acomodó, sin pedir permiso, en la mejor ubicación, en la mesa larga que se prepara, estratégicamente, para los agasajados y en la que los mozos, siempre, sirven lo mejor del menú. Eligió la música, encendió algunas luces y apagó otras, reorganizó el catering y se adueñó de la pista de baile quedando en el centro mientras que los demás, danzábamos a su alrededor y a su ritmo.
La fiesta resultó inolvidable, por lo maravillosa, pero muy enquilombada...

Fede vino para cambiar mi vida, para cambiarme y eso, parece, estoy dispuesta a cobrárselo con intereses usurarios. No lo puedo evitar.

La chiquita que insiste en ser su novia, desde hace más de tres años, alquiló un departamento de un ambiente en el centro de Buenos Aires porque, afirma, le queda cerca del trabajo, de la facultad, ahorra tiempo en viaje, dinero y preocupaciones a la hora de llegar por las noches. Claro, Ituzaingó queda a trasmano de todo lo civilizado y cuando me comunicó la idea le dije que me parecía una decisión acertada.

La primer semana me dió pena saberla allá, solita, lejos de su mami, sus amigas, su novio, su barrio. Qué se yo! Es la tipa que acapara el cariño de mi Perestrioka, pero es querible, la borrega. Me daba lástima que, apenas destetada, tuviese que cocinarse una única porción para servirla en un único plato, habiendo llegado cansada del trabajo y el estudio, tal vez, a la hora en que le estoy dando a mi hijo el besito de las buenas noches.
Es feíto vivir solo. Es triste cumplir con las obligaciones, dieciocho horas al día, y tener que conformarse con contar las novedades de la fecha, a través de un tubo de teléfono, colgar y acurrucarse en el silencio de la soledad.

Por eso, la primer semana, Fede le hizo compañía una noche. La segunda semana, dos noches. Tres noches, la tercera...

-Fede- le dije un día, en la cuarta semana-Vos no te estás cepillando los dientes?
-Por?
-Porque cuando te quedás en el departamento de Ro, veo que dejás tu cepillo acá. No usarás el suyo, no?
-Nahhh! Tengo uno allá, mamá. No te preocupes.
-Ah... compraste uno y lo dejaste allá... mirá vos...

Ese fué el primer signo de alerta. Mi hijo, cuando duerme en casa ajena, siempre lleva SU cepillo y lo trae de vuelta al regresar.
Por qué compraría uno nuevo y lo dejaría en el departamento de su novia?

Lo primero que hice al quedarme sola, fué revisar el cajón de su cómoda, en donde suele guardar la caja de profilácticos: no estaba. Ni vacía ni llena. No había caja. Eso es grave. Eso significa que por estos pagos, ya no piensa hacer fuqui fuqui, ni programado ni espontáneo.

De a poco, el cajón de los calzones y las medias, se fué vaciando también. Y el estante de los cds. Y el de las remeras.
Una mañana, me dí cuenta que hacía varios días que no armaba su cama y no debía acomodar las cosas que suele dejar tiradas en su cuarto.

-Decime vos- lo sorprendí a través del teléfono celular- a qué estás jugando? Hace tres meses que venis a casa solo los fines de semana y si no llueve.
-Mamáaaa! Dejate de joder...Cortá el cordón umbilical...
-Qué cordón ni cordón, imberbe!? Vos todavía sos un óvulo!

Todos lo viernes vuelve a casa, su casa, y me trae una bolsa de ropa sucia para que le lave y planche. Eso me serena porque quiere decir que aún estoy ovulando...
julio 01, 2010
Olinclú
Las vacaciones del verano 2009/2010, fueron una reverenda mierda. Partimos para Mar del Plata cansados, con intenciones de reposar y divertirnos, y regresamos desintegrados, sin haber podido dormir, sin haber podido desenchufarnos y con los bolsillos desfondados.
Para compensar, se me ocurrió regalar a mi legítimo en conceptos varios (23º aniversario de matrimonio, bicentenario, su cumpleaños número 45, día del padre y costas), unos días de pausa en un hotel maravilloso en Arapey, Uruguay.

Resort con olinclú

Fué mi suegro quien me convenció de que valía la pena ese lugar y no otro. Él había estado varias veces y me había contado acerca del lujo, la atención, el morfi y los beneficios del agua termal. Pero lo que me terminó de persuadir, fué la intriga por saber qué corno era eso que mi suegro insistía en resaltar como lo más conveniente del resort: el "olinclú".
Qué se yo! él viaja mucho y sabe de la buena vida asi que supuse que el "olinclú", sería algo como entrar en una tercera dimensión en la cual uno experimenta sensaciones maravillosas que sanan los males del cuerpo y el alma.
Reservé tres plazas para el fin de semana largo del 20 de junio y, feliz, me encargué de que todo el mundo supiera que, por fin, me tocarían cuatro fantásticos días de descanso y disfrute en un hotel, lejos de mi casa y, por sobre todas las cosas, con "olinclú".

-Y qué es eso del olinclú?- me preguntaba la gente.
-Ah! Ni idea! Pero está rebueno...

Un día, se me ocurrió preguntar a mi marido si para entrar al "olinclú", había que llevar ropa especial, de fiesta o de fajina o sensual o si había que andar desnudo.

-Quéee????- exclamó frunciendo la nariz y levantando el labio superior.
-Si eso que dice tu papá, el olinclú, requerirá de prendas particulares-En ese instante, se me ocurrió que podría ser alguna de las audacias de mi suegro- Che...ahora que lo pienso... el olinclú no será una secta como en la película de Tom Cruise y el pan lactal blanco, Nicolle Kidman, Ojos bien cerrados, en la que unas personas organizaban orgías con máscaras y...
-Pero pensá, Sonia! Pen-sá! Acaso no aprendiste a traducir el lenguaje de mi viejo después de veinticinco años? ."Ol-inclú"- dijo, acompañando cada palabra con sus dedos índice y pulgar, como marcando un pedazo de algo- "Ol-inclú", en idioma albertístico es "all inclusive", en inglés, es decir, "todo incluído", en español.
-Ahhhhh....- lamenté decepcionada- era eso...- Mi esposo siempre tuvo facilidad para aprender idiomas, supongo que de tanto ejercitarse buscando comprender el dialecto de su padre.

El jueves a las ocho de la mañana, mi legítimo, Valu y yo, partimos para las Termas de Arapey.


Por qué a mi me suceden estas cosas?

Lo primero que hicimos, antes de tomar la Panamericana, fué llenar el tanque de nafta. Con suerte, sabíamos que en cinco horas estaríamos en Arapey y calculamos que llegaríamos justo para la hora del almuerzo- para aprovechar el "olinclú" que ya estaba pago-.
Íbamos cómodos, contentos. Elegimos escuchar música y no la radio con las noticias, para comenzar a desconectarnos del mundo mortal. Teníamos intenciones sinceras de pasarla bien desde el minuto cero

A la altura de Los Cardales, yendo a una velocidad de 160 km/h, se oye un "tac" seco y sospechoso, que provenía de la parte delantera del coche. Mi socio conyugal decide colocar las balizas y estacionarse en la banquina. Al abrir el capot, de pronto, una llamarada impresionante envuelta en una humareda renegrida, sorprendió a mi esposo, echándolo hacia atrás.

-Corran! Salgan del auto que se incendia!- gritaba desesperado, como cuando casi nos arrastra el tsunami, aquella vez en la costa- Sacá a la nena ya! Salí del auto, Sonia, que puede explotar!

Estuve eternos segundos luchando con la traba del cinturón de seguridad para liberar a Valentina. Marcelo continuaba gritando desde afuera, intentando, con el matafuego, ahogar las llamas.

-No hay tiempo para la niña!- quise hacer una broma parodiando a Homero Simpson, en el momento menos indicado y me gané una puteada. Son los nervios que siempre me hacen decir estupideces inoportunas.
Cuando conseguí desenganchar el puto cinturón, corrí, con la gorda en brazos a campo abierto, lo más lejos que las piernas me lo permitieron. Había recorrido un kilómetro y me pareció exagerada la distancia, asi que decidí regresar hasta donde estaba mi marido, tiznado, luchando con el matafuego que se comportaba, ante las llamas, un lanza perfume de carnaval.

-Marcelo! Estás igualito a Barry White!- no me oyó, por suerte.

Mi cónyuge, asi negrito como un deshollinador de Ghana, comenzó a pedir ayuda. Se paró al costadito de la ruta y agitó los brazos como un banderillero de aeropuerto, sin éxito. Nadie frenó para solidarizarse. Mientras tanto, Valu y yo, moríamos de frio unos metros más atrás.

-Será posible?- protestaba Marcelo- Nadie se detiene! Manga de insolidarios! Ey! Ayuda! Alguien que nos ayude!- seguía con sus brazos en alto, estirados, cruzándolos y descruzándolos como en una clase de aerobic- Sonia... la plata... la tenés vos?
-No! Dejé todo en el auto! Sacaba el dinero o a la nena; no había tiempo para ambas cosas. Crees que debí hacer al revés?
-Dejate de decir pavadas! Hay que recuperarla- y se metió dentro del coche para rescatar mi bolso con los billetes. "Uff!, pensé, "ahora explota todo y me quedo viuda, sin dinero y sin auto y con una nena de cinco años. Qué futuro negro me espera...". Ya me veía haciendo la fila para pedir un plan social.

Valentina lloraba y preguntaba si nos iban a robar. Quedó traumatizada luego del episodio delictivo del que fuimos protagonistas involuntarias, el día del bicentenario.

Se ve que alguien se apiadó de nosotras, las chicas, y del banderillero aeroportuario que hacía fitness en la banquina, y llamó al 911. Se acercaron dos gendarmes a ofrecernos ayuda, bah! eso creí que habían venido a hacer.

-Cual es el problema?- me preguntó uno de ellos, el culón.
-No ves? Se nos está prendiendo fuego el auto! Necesitamos un matafuego!
-Por favor, permítame la cédula verde del coche y el registro de conducir.
-Ni loca me acerco a un vehículo con fuego en su motor y con el tanque de nafta lleno para buscar la identificación. Necesitamos un matafuego urgente!
-Nosotros no tenemos, señora.

Barry White se acercó y les dió la idea de detener un auto, al azar, y exigirle al conductor que entregase el suyo. Asi lo hicieron; detuvieron un coche, mostrándole al tipo una suerte de credencial o carnet de un club, algo cuadrado y plastificado y lo obligaron a colaborar con su matafuego, con el que mi marido, a esta altura ya muy parecido a Don King, pudo al fin, sofocar el incendio.

Cuando el peligro de explosión había pasado, Valentina y yo, corrimos a refugiarnos del frío metiéndonos dentro del auto y Marcelo nos acompañó para recuperar su teléfono móvil, para poder llamar a la grúa que nos saque de allí.

-Quiero la plata del matafuego!- escuchamos decir. Marcelo giró su cabeza y miró al hombre que había sido obligado a detenerse- Si, si...no te hagas el boludo y pagame el matafuego.
-Dame un segundo, por favor. Todavía estoy en estado de shock y no entiendo nada...
-En estado de shock vas a estar si no me das la plata de la carga que acabas de usar.

Mi marido fijó su vista en la mia, con ojos de sanpakú y me preguntó si había oido bien o si era parte de un mal sueño. Los gendarmes, miraban para otro lado.
Sacó un billete de $50 y se lo entregó al ciudadano solidario quien, sin más, giró sobre sus talones para dirigirse a su auto.

-Pst! Pst! El vuelto!- le grité- una carga cuesta treinta pesos- El viejo regresó con la cabeza gacha y le entregó a mi Don King $20 murmurando algo así como "uno los ayuda y así le pagan..."

Antes de entrar hay que saber cómo salir

El operador que atendió nuestro pedido de rescate nos advirtió que la grúa del seguro no nos iría a buscar mientras estemos sobre la autopista; que recién podíamos volver a llamar cuando estuviésemos estacionados sobre una calle pública. Para poder mover el coche teníamos dos opciones: lo empujábamos entre los tres, unos cinco kilómetros, hasta ubicar una salida hacia la colectora y de allí, buscar el primer pueblo más cercano, siempre empujando, o llamábamos al número gratuito de Autopistas del Sol para solicitar ayuda.

-Sabés cómo es el número para emergencias en la autopista?
-No. Hay cartelitos por todas partes pero justo acá, no hay- Lo de siempre; las cosas están permanentemente, excepto cuando se las necesita.

Preguntamos a los gendarmes, que nos seguían acompañando en silencio, si tenían idea de los numeritos del S.O.S. autopista y, por supuesto, respondieron que no, porque para eso estaban estos tipos ahí, para no saber nada.
Mi Don King otra vez, tuvo una gran idea: usar su teléfono celular para llamar a alguien y pedir que le averigüe de algún modo el número de teléfono que necesitabámos. Lo obtuvo finalmente y solicitó la bendita grúa para que arrastre al auto fuera de la autopista para que, al fin, pueda venir la otra grúa, la del seguro del coche y nos lo lleve hasta la puerta de nuestra casa.

-Por favor- suplicó mi cónyuge- mándenmela con rapidez. Tenemos una nena y está asustada, muerta de frío y, parados aquí, es un peligro.
-Cómo que tiene una nena?- preguntó el hombre de la operadora- No pueden subir al camión de la grúa niños menores de doce años.
-Ah, si? Y cómo pretendés que mi hija de cinco llegue hasta el lugar en donde dejen el auto para que me lo pasen a buscar los del seguro?
-No sé, señor... usted vea...
-Vos pretendés que mi esposa y mi hija salgan caminando de la autopista hasta llegar a una calle pública, atravesando el campo, tal vez, cinco o diez kilómetros?
-No sé, señor... yo lo único que le digo que está prohibido transportar a menores de doce años.

Yo no podía oír lo que el operador le decía a mi marido; solo podía intuirlo gracias a los escuchaba de éste lado de la conversación y por los gestos que le fueron transformando las facciones a mi esposo, quien estaba pasando de parecerse a Don King a parecerse a King Kong: estaba desencajado!

Arregló que bueno, que le mandase de todos modos al auxilio y que él veía cómo se arreglaba con su hija menor de edad. "Después le tiro unos pesos al chofer. Dejame a mi...", me aseguró guiñándome un ojo. Cuando noté que seguía guiñándolo intermitentemente, me di cuenta que no había sido un gesto de complicidad sino que lo había atacado un tic nervioso.

Esperamos una hora la llegada de la grúa. Cada vez que veíamos un camión con remolque, decíamos al unísono "Ahí viene!" y nos preparábamos los tres paraditos, derechitos, sonrientes, al lado de nuestro coche, como para no perder el tiempo y que el trámite de subirnos y cargar al muerto, fuese rápido. Pasaron como veinte de esos que siguieron de largo.
Los gendarmes seguían sin dirigirnos la palabra. Nunca entendí para qué vinieron.

Cuando llegó el camioncito y cargó al auto, Marcelo hizo un ademán indicándome que subiéramos a la cabina Valentina y yo.

-Señor, la nena... qué edad tiene?- preguntó el chofer pretendiendo abortar nuestra tramposa intención de hacernos los boludos.
-Doce años- le respondió Marcelo sin mirarlo a la cara.
El hombre arrancó con la sensación de que algo no le cerraba...

Con el camioncito nos metimos en contramano por la colectora de la autopista, con la anuencia de los gendarmes que nos escoltaban por detrás, para acortar camino. Le habíamos pedido al señor del auxilio que nos estacione el coche en el playón del restaurante Los Talas, justo enfrente de donde nos habíamos quedado, pues allí hay una garita de custodios y nos sentiríamos protegidos hasta que llegase la otra grúa, la del seguro.

Íbamos los cuatro sentados en la cabina del conductor, apretujados. Muy caballero, mi marido me obligó a sentar al lado del gordo que manejaba; tenía su pierna pegada a la mía (un asco) y la palanca de cambio estaba tan cerca de mi rodilla que, supongo, sin querer, cada vez que debía hacer un cambio, la rozaba con la mano. Ni mi viejo, que manejaba como el culo, pasaba tantos cambios, tan seguido! Para descontracturar el asunto y de paso, para ratificar que mi hija es una enana de doce años, pregunté a Valentina si había podido terminar la tarea de estenografía y cerré la boca cuando sentí el codo de King Kong clavado en mi costilla flotante. Recordé que hace más de dos décadas que no existe esa materia en el tercer mundo.

El hombre nos dejó en el lugar convenido. Mi legítimo, ya había tomado la precaución de llamar al seguro y avisar en donde estaríamos.

-Le advierto- explicó la operadora- que no se pueden trasladar a niños menores de doce años.
-Ya seeee!- respondió Don King Kong, exhalando aire de argentino piola.

Tic Tac...Tic Tac... Tic Tac...
Una hora y media estuvimos esperando al segundo rescate. Yo ya no daba más por las ganas de hacer pis. Había pasado demasiado tiempo y había chupado demasiado frío.
Sentados en el auto muertito, jugábamos a ver quien descubría más cantidad de conductores pelados en los coches que pasaban por la colectora de la autopista hasta que Marcelo, dio por terminado el juego dado que Valentina siempre señalaba al mismo calvo: su padre.

-Dijimos pelados dentro de autos en movimiento y esta mierda ya no se mueve si no es con una grúa!- se lamentó justo en el instante en que vimos llegar al auxilio del seguro.

Cargaron el coche en la parte trasera del camión y, cuando el chofer estaba terminando de recoger la cuerda de acero, mi esposo me hizo un gesto con la mano indicándome que subiéramos a la cabina, antes de que el hombre se percatase de la edad de Valentina. Nos acomodamos calladitas y, al trepar a su asiento, el señor escupió la pregunta que estábamos esperando:

-Qué edad tiene?
-Cuarenta y cuatro- le dije- pero cumplo cuarenta y cinco en noviembre.
-La nena. Qué edad tiene la nena?
-Ahhhhhhh! La neeeenaaaaa!- exclamamos al unísono Don King Kong y yo improvisando una risotada forzada.
-No puedo transportar menores de doce años…
-SI PODESSSSSSSSSSSSS! Podésssssssssss! Claro que podés!- Marcelo, se había puesto verde- YO decido, bajo MI responsabilidad, que mi hija viaja en ÉSTE camión con nosotros. Arrancá de una vez y llevá mi puto auto a mi puta casa! Y no acepto cambios!.

Creo que vinimos hasta Ituzaingó, todos esos kilómetros, en primera velocidad. El chofer no comprendió bien a qué se refería Hulk con “no aceptar cambios”, pero, por las dudas, no tocó la palanca en todo el viaje. Estaba asustado el hombre. El pobre no sabía de todo lo que habíamos tenido que pasar para que mi cónyuge se transformase en esa horrible cosa verde, con sus prendas desgarradas y echando espuma por la boca.


Llegamos a Arapey a las once de la noche, sucios, lánguidos, agotados, desanimados.

Viajamos en auto prestado que Hulk consiguió en el trayecto de regreso, sobre la grúa, llamando a sus contactos telefónicos, para no perder tiempo. En la puerta de casa, dejamos nuestro coche, hicimos pis y partimos de inmediato.

De a poco, mi marido fue recuperando su aspecto y su alma.

Disfrutamos de unos días extraordinarios en un hotel maravilloso y con un “olinclú” de putamadre…
mayo 24, 2010
Enojo bicentenario, lo parió!
No tengo nada en contra de los patriotas, del mismo modo en que no tengo nada en contra de los creyentes practicantes o los adoradores de la Machintosh o los vegetarianos o los protectores de animales o los fanáticos de Ricky Martin. No tengo nada en contra de nadie que sienta algún tipo de pasión por algo o por alguien, en tanto y en cuanto, no me perturben, no me molesten, no me invadan, no me jodan.

En el diccionario, la palabra Patriota cuenta que es aquella persona que ama a su patria y se esfuerza para lograr su bien.

Leyendo y releyendo la definición, considero, honestamente, que no soy una gran patriota sino más bien, una mediotra que sería, algo así, como una patriota a medias. No amo a mi patria del mismo modo que la aman aquellos que están dispuestos a dar la vida por ella. Mi vida la doy por mis hijos y nadie o nada más. Sin embargo, me esfuerzo para lograr su bien, por una cuestión de convicción y sentimiento, porque acá vivo y viven las personas que amo y pretendo que tengamos una existencia digna, en paz y en libertad, en esta tierra que nos tocó en suerte.
Pero me comportaría del mismo modo si hubiese nacido en Birmania o en Zimbabwe o en Principado de Liechtenstein, es decir, que sería igualmente mediotra como soy en Argentina pues no daría la vida por ninguno de esos paises.

Tampoco creo en los patriotas de hoy y mucho menos, en que los dirigentes argentinos lo sean. No les creo nada, es más, pienso que ni siquiera son mediotras pues no están dispuestos a dar la vida por el pais ni tampoco se esfuerzan para lograr su bien, que es lo que más me interesaría que hagan.

Por eso, toda esta movida que se generó a propósito del Bicentenario, me resulta patética.
No creo que haya nada que festejar, al menos no en este pais; no en esta parte del mundo.

Si algo me faltaba para terminar despreciando por completo los festejos por el Bicentenario de la Revolución de Mayo de 1810, es lo sucedido a mi familia en este fin de semana festivo.

Bajen un cambio, patriotas, que no somos libres todavía! Episodio I

Llovió en Buenos Aires el día domingo. Mi legítimo, Valentina y yo, fuimos a casa de unos amigos, invitados a almorzar pollo al disco, una comida muy típica del campo argentino, realizada dentro de un disco de arado de hierro. Se nos estuvo cayendo la baba durante dos días pensando en ese manjar. Hicimos dieta todo el viernes y todo el sábado para poder llegar al domingo con el aparato digestivo en condiciones y no perdernos la oportunidad de despacharnos a gusto y sin culpas.
Al llegar al lugar indicado, Marcelo recibió una llamada a su celular. Era su hermana pidiéndole una mano pues, su computadora no daba señales de vida y necesitaba realizar un trabajo urgente para un ateneo en el hospital en el cual trabaja. Mi cuñada es sumamente solidaria y, lo menos que podemos hacer por ella, es acudir cuando necesita algo y, en esta opotunidad, lo precisaba ya, ya, ya.
Mi legítimo partió para su casa, con la promesa de regresar lo antes posible y la amenaza de que, si no le guardábamos un buen plato de pollo al disco, nos arrepentiríamos la vida entera.
Me dió pena pues, el pobre, ni había desayunado para poder disfrutar, a estómago vacío, de esa delicia que tan rica le sale a nuestro amigo David.
A las horas, me llamó al celular para avisarme que estaba queriendo regresar pero que no conseguía, en Ituzaingó, una calle que no estuviese inundada para llegar adonde yo estaba chupándo los huesitos del pollo.

-Es imposible, So! No hay manera! Está todo recontrainundado! No sé por dónde ir...
-Bueno, Mar, fijate... yo ahora te corto porque si sigo distrayéndome, estos muertos de hambre me van a sacar el pedazo de pollo que me quedó en el plato. Ah! Y si no te apurás, te quedás sin tu porción. Ciao!- y seguí comiendo tranquila, esperando a mi marido quien, con esa advertencia, seguramente llegaría volando.

Al rato, ya en la sobremesa, volvió a sonar mi celular. Era otra vez Marcelo:

-Sonia! Me quedé con el auto! Se llenó de agua el interior y no arranca! No es la batería, porque las luces funcionan, pero no arranca. Encima, estoy en una pendiente y no tengo cerca a quien pueda ayudarme para sacarlo de esta laguna!
-Marce!!- le grité preocupada- querés que le diga a uno de los chicos que vaya por vos? Necesitás una soga-(para ahorcarse)- para sacar al auto de ahí? Qué hago?
-Nada, Sonia. Que no venga nadie porque es imposible llegar. Corren riesgo de quedarse ellos también en cualquier calle. Esto es un caos! UN CAOS! La puta que lo parió al intendente de Ituzaingó! Quiero saber qué mierda hizo todos estos años con nuestros impuestos?!!
-Bueeeeno, Marce, no me parece momento de discutir sobre política...
-Ma qué política, Sonia! Es una vergüenza! Tengo el auto arruinado, inundado, los pantalones mojados hasta el calzón, estoy hundido en un pozo que no pude ver porque está tapado de agua podrida y lo único que falta, es que vengan a robarme! Encima, llamé al seguro para que me envíe un servicio de grúa y me dijeron que debía esperar al menos 4 horas para que venga un remolque a sacar mi coche de esta cloaca!
-Bueno, mi amor... Pero somos libres! Viva la Revolución de Mayo! Viva el Bicentenario!- y me cortó... era obvio...

Cada tanto, nos comunicábamos de celular a celular y me iba relatando las novedades: que quiso empujar el auto solo y se había dislocado un hombro; que intentando hacerlo, también había metido un pie en un bache del asfalto y se había caído, empapándose aún más; que se le estaba por acabar la batería del teléfono móvil; que se estaba meando y no se animaba a pishar en un árbol por temor a que lo viese alguna vieja y, encima, lo cagara a escobazos por exhibicionista... En fin, llegamos a las doce de la noche y, ni yo podía salir de donde estaba ni mi marido podía venir a buscarme porque estaban, él y su auto, estropeados bajo la lluvia y flotando en aguas servidas.

En conclusión, el motor del auto falleció; en su interior, hubo que sacar con recipientes el agua acumulada; mi legítimo, pescó una bronquitis por tantas horas de estar mojado en el frío mayo de Ituzaingó, con un hombro herido y un pié esguinzado y sin poder probar el pollito al disco.

Vale aclarar que éste no fué un episodio eventual, algo insólito que sucedió en un día de lluvia copiosa. En Ituzaingó, como en tantos barrios del conurbano bonaerense y también de la ciudad de Buenos Aires, sucede SIEMPRE que caen más de tres gotas.

Entonces me pregunto: ésto es dignidad? Esto es progreso? Esto es libertad? Qué diferencia hay entre el intendente de Ituzaingó o la presidente de este pais y el Rey de España o Napoleón, en 1810, cuando ninguno, ni ellos se interesaban por entonces, ni éstos se interesan ahora, de lo que sucede en esta patria? Eso es ser patriota? Qué corno festejan? La mediocridad? Me cago en el bicentenario!

No somos libres una mierda, compatriotas, sépanlo! Episodio II

Con el tema del auto arruinado, nos hubiésemos quedado, prácticamente, sin movilidad en estos días festivos, en que, los medios de transportes públicos, funcionan a medias, de no ser porque mi hijo Federico tiene un coche que compró con la desinteresada ayuda de mi madre.

Fede tenía que ir al centro y pensaba llevarse su Fiat pero su padre le pidió que nos prestase el vehículo ya que, Ituzaingó, además de ser una cloaca potencial en días lluviosos, es un sitio a trasmano de todo y, en este Bicentenario, al estar las cosas más quietas que de costumbre, podríamos precisarlo. Combinamos que yo lo llevaría hasta la Avenida Santa Fe y Libertad y que volvería en sus cuatro ruedas hasta mi casa.

El centro es un caos. Gente, gente y más gente, autos, autos y más autos circulando por las calles alternativas que dejaron para transitar pues, muchas de ellas fueron cortadas y prohibidas al tránsito, a causa de la organización de la gran fiesta en conmemoración del Bicentenario del orto.

Tardaba unos veinte minutos en hacer treinta metros por cada cuadra. Era imposible avanzar.
Una vez que dejé a Fede en el departamento de la chirusa, su novia, tomé la calle Talcahuano para darle derecho por esa, hasta la autopista 25 de Mayo (toda una advertencia el nombre de la autopista...) y empalmar con el Acceso Oeste, para volver a casa.
Hacía calor pero yo sentía más aún por el estres que me provocaba el hormiguero de gente que cruzaba sin mirar, dirigiéndose en dirección al lugar del festejo de mayo y la escandalosa cantidad de autos, que no podían salir del punto muerto.
Abrí la ventanilla para respirar y, en ese instante, se paró a mi lado un tipo con una cartel plastificado que sostenía en una mano y pensé que sería uno de esos "mangueros" que suelen decir que son enfermos o desocupados y piden una contribución a la causa. Lo miré, resignada, porque sabía que no podría zafar y que, para sacármelo de encima, debía echar mano a mis monedas, y le sonreí. El hombre, no sé cómo, metió una pistola o revólver por la abertura de la ventanilla de mi lado, mientras, con la otra mano, la que sostenía el cartel, intentaba abrir desde afuera la puerta del auto, que yo había trabado de casualidad y como acción mecánica, no sé en qué momento.

-Hija de puta! Pasate al asiento de al lado. Dame la plata. Hija de puta, dame la plata porque te mato, te pego un tiro...

Lo miré, miré mi billetera que estaba dentro de la cartera, sobre el asiento del acompañante y la tomé. Le dí cincuenta pesos.

-Vos me tomás por idiota, hija de remilputas? Dame toda la guita!! Toda! Toda! La billetera dame o te mato a la nena, Te la mato! No tengo nada que perder! Me importa un carajo!

El imbécil, me apoyaba el arma en la teta izquierda y, cada tanto, señalaba a Valentina con el caño.

-Te doy la plata...tranquilo...pero dejame unos pesos para la autopista, por favor, sino, no puedo volver a casa...
-No te hagas la viva hija de puta. Mirá que tengo sida, te escupo, te cago, te mato! Te mato a la nena, Abri la puerta, carajo!

El infeliz, tomó toda mi plata, unos 190 pesos, toda y me pidió el celular.

-Dame el celular! Damelo y te vas, hija de remilputas. DAMELO!!! te quemo!

Valentina sollozaba; estaba aterrada pero no se animaba a gritar ni a emitir sonido.
En el momento en que tomé mi celular para dárselo, vi que el auto de adelante avanzaba unos metros, hasta que frenó por el semáforo. Puse primera y me adelanté, arriesgándome a enojar mucho al malparido, que seguía apuntándome con su pistola y a quien obligué a sacar el antebrazo porque me lo llevaba flamenado. Comencé a hacer sonar la bocina, mucho, casi trepándome del volante, cuando vi, por el espejo retrovisor, que el cretino se me venía encima otra vez. Subí el vidrio de la ventana e insistí con los bocinazos para que alguien se enterara de que estaba pidiendo ayuda. La gente me miraba sin comprender, frunciendo el ceño o arqueando las cejas, seguramente pensando que estoy loca o soy una impaciente de mierda que no comprende que son dias de fiesta y que, el quilombo que eso ocasiona,nos involucra a todos por igual.
No sé qué sucedió, pero el subnormal argentino que me habia estado robando y amenazando, se fué corriendo. Lo ví por el espejo.
Valentina comenzó a llorar, diciéndome una y otra vez que me ama, suplicándome volver a casa con su papá y jurándome que no saldría nunca más a la calle.

Volví temblando todo el viaje y sin dinero pero con mucha bronca, mucha impotencia.

Qué se festeja? Qué mierda tienen para festejar? Doscientos años de qué? De qué?
Y otra vez... esto es libertad? Que los patriotas festejen y le caguen la existencia a quienes creemos que no hay nada que festejar? Que no pueda salir de mi casa un dia de lluvia porque no sé cómo regreso, si es que regreso y encima pierda bienes en el camino? Bienes que, por otra parte, me los gané trabajando y con sacrificio. Que un grupo de enajenados paren el mundo porque van a una fiesta y me obliguen a soportar el caos y el descontrol que ellos ocasionan? Que, encima, venga un pelotudo, vago, delincuente y me amenace con matarme o matar a mi hija, mientras, a tres cuadras, un pais festeja una farsa?

A la altura de quienes creen que están? De los países desarrollados en donde se respetan los derechos de todos? Quien les hizo creer eso?

Seguimos siendo indios, compatriotas. No festejen tanto que nos falta, al menos, un bicentenario más...





mayo 04, 2010
Bodus interruptus I
Don Enrique, el ex herrero del barrio, vive en la casa celeste, casi llegando a la esquina, al lado de la Sieteculos. Su hijo Juan Cruz, un cuarentón feíto y chueco, estuvo noviando con una piba de Merlo durante once años y, en 2009, decidieron que ya era hora de casarse con lo poco que habían podido ahorrar, con el chalecito a medio terminar y una cama, una mesa, tres sillas y un florero, como todo moblaje.
El 26 de marzo de 2010, pasaron por el registro civil, firmaron el trámite de rigor que los condenó unidos en matrimonio y, contentos, fueron a la casa de Don Enrique, en donde esperaban familiares y amigos para compartir un almuerzo a modo de primer festejo. La fiesta grande sería el sábado, al otro día, en un saloncito modesto pero limpito, a pocas cuadras de la estación de Ituzaingó, después del rito nupcial en la capilla de San Judas Tadeo, enfrente de la plaza. Todo organizado, todo pagado con enorme sacrificio.

Ese viernes 26, salí a la vereda a cortar el pasto y sospeché que había juerga en casa del herrero, porque toda la cuadra estaba ocupada por autos estacionados, ramilletes de globos blancos atados en la reja de la casa celeste, motos y bicicletas ubicadas sobre su porción de acera y hasta una ambulancia detenida en doble fila, justo a la altura de la puerta de la casa, pegadita a un Fiat negro.

-Qué maleducados!-pensé mientras alargaba la tanza de la bordeadora-No podían haber puesto esa camioneta en otro sitio, en la otra cuadra, a la vuelta, estacionada como corresponde? No! La dejaron en doble fila, total, Ituzaingó es una joda... Si fuese una buchona, llamaría a la policía para que ponga las cosas en su lugar- y zas! como por arte de magia, aparecen dos patrulleros en contramano y se estacionan en diagonal, uno delante y el otro detrás de la camionetambulancia.

-Mierrrda! Lo que es el poder de la mente!-me dije- entonces es cierto eso de que, cuando deseás mucho, mucho algo, se cumple- y me concentré en otro deseo, ésta vez, en que aparezca un escribano para notificarme de que había sido elegida como la heredera de Silvio Berlusconi o Carlos Menem.

De los patrulleros, bajaron unos cinco tipos y, raudamente se metieron en la casa del herrero. Yo quedé sumamente intrigada por saber qué había venido a hacer la policía allí; despues de todo, estacionar en doble fila no es más que una infracción de tránsito y si era por la aborrecible decoración de los globitos blancos atados a la reja, bueno, con un solo efectivo portando un alfiler para pincharlos, uno por uno, era suficiente.
Yo había acabado de cortar el pasto de la vereda, no obstante, me quedé sacando los yuyitos, la hierba mala, redireccionando las hormiguitas hacia un camino alternativo que terminaba en la casa de mi vecina, pasándole un trapito a cada hojita de kikuyo, para ganar tiempo, a la espera de una respuesta a mi pregunta: "qué carajo estaba sucediendo en la casa celeste?". Era, como mínimo, una fiesta rara...

Al rato, unos señores vestidos de verde clarito, salieron de allí, al fin, cargando una camilla con un cuerpo tapado por completo por una sábana que, en algún momento, debió haber sido blanca.

-Un muerto! Eso que llevan tapado es un muerto! no creo que sea el lechón o el cordero del almuerzo.

Subieron el fiambre a la ambulancia y se perdieron por la calle Soler. La policía seguía adentro de la casa celeste y yo sin poder comprender qué había sucedido! Me sentía ansiosa, me carcomía la curiosidad, igualito a cuando alguien me dice "haceme acordar que después te digo algo...", y se va.
Me puse a barrer, primero mi vereda, después, la de la gordita de al lado y asi me fuí corriendo a las veredas de los vecinos de la izquierda de mi casa, hasta terminar barriendo la de Lucy, que vive justo enfrente de la casa del herrero. Pero no se veía nada, che. Me hubiese cruzado a barrerle las baldosas de la casa celeste para intentar oir algo desde más cerca o fisgonear a través de una ventana, de no ser porque justo, en ese instante salió El Loco, el marido de Lucy y me pescó con la escoba parada en la puerta de su casa.

-Qué hay de nuevo, Señora Sonia?
-Eso es lo que me pregunto yo! Si usted no lo sabe, es que no ha pasado nada por allí- y le hice un gesto inclinando mi cabeza en dirección al lugar del hecho.
-Qué hacen dos patrulleros en la casa de Enrique? Qué pasó?
-No sep! Porque no se fija, Guillermo?. A lo mejor necesitan algo...- fué el modo más disimulado que se me ocurrió para estimularlo a que fuese a ver qué cazzo sucedía en esa casa, un día de fiesta, de donde acababan de sacar un muerto en una camilla.

El Loco se mandó directo, sin llamar, sin pedir permiso, al interior de la casa celeste. Tardaba en salir asi que, entretanto, aproveché para guardar mis elementos de jardinería.
Llamé a mi legítimo por teléfono y le conté todo lo que había visto. Los hombres son tan lineales que no vale la pena contarles algo y pretender compartir el misterio que tanto nos excita a las mujeres! Me respondió, como contando el final de una película que estoy a punto de ver, que seguramente había fallecido alguien en la fiesta, por la emoción, porque se le fué la mano con el chupi y el morfi o porque, simplemente, era su hora, sin emocionarse, sin alterarse! También me dijo que me metiera adentro de casa y me dejase de chusmear en la vereda, porque era peligroso quedarse en la puerta a la hora de la siesta.
Pero puede un hombre ser tan insensible, tan imperturbable?! En el relato que acababa de hacerle, coincidían todos los ingredientes necesarios para sentirse partícipe, de un modo indirecto, de un thriller: una parejita con ilusión, un ágape luego del trámite de la unión civil, un muertito, policías y... mientras me concentraba en enojarme con mi marido y cerraba el portón de la reja de entrada, veo caer otra ambulancia que se estaciona en la puerta de la casa celeste.
"Y el Loco que no sale para contarme qué mierda está pasando ahí dentro!"- pensaba yo, mordiéndome el labio inferior.

Esperé un ratito. Quince minutos después, salían dos hombres vestidos de blanco sosteniendo otra camilla, pero esta vez, con un cuerpo cubierto con una manta hasta el cuello. "Éste no es fiambre", deduje, porque a los muertos y a los delincuentes detenidos frente a las cámaras de tv, se los tapa enteros, para que no se les vea la cara, aunque casi siempre, una mano afuera, les queda.

Tomé el teléfono celular para rellamar a mi legítimo y ver si, por fin, con esta novedad, se le movía medio pelo del único que le queda en la bocha. Me quise morir cuando vi la hora en el reloj del visor y corrí a pintarme los labios para ir a buscar a Valentina, que estaba a punto de salir del jardín. Traje a la nena flameando desde la puerta del colegio hasta mi casa. No era justo que me perdiera el desenlace!
Al regresar, los autos seguían estacionados en el mismo sitio, invadiendo la calle, y en la casa celeste, los globitos en ramillete seguían colgados de la reja. La puerta cerrada y todo en silencio. Y del Loco, ni noticias.

Recién a la mañana siguiente pude saber qué había ocurrido. Lucy, la esposa del Loco, me contó todo (qué sería de mi vida y de mi blog sin Lucy y sin el Loco...!)
Obviamente, esa noche no pude dormir imaginando situaciones, escenarios y hasta diálogos. No todos los días, una sale a cortar el pasto a la vereda y resulta testigo de un espectáculo tan excepcional: una fiesta con un occiso, ambulancias, enfermeros, policías, un internado, todos saliendo de la misma puerta decorada con ramilletes de globos blancos, algunos de los cuales, llevaban escrito, en negro, "Feliz Cumpleaños".

Cuando los novios regresaron del Registro Civil, se sentaron a la mesa dispuestos a compartir la comilona festiva, junto a sus invitados más íntimos. Hermanos, tios, cuñados, padrinos de bautismo, algún amigo entrañable y, entre ellos, el tio abuelo del campo a quien no hubiesen tenido en cuenta para el ágape, de no ser porque había viajado centenares de kilómetros para la festichola del sábado y había pedido hospedaje en la casa de don Enrique, el ex herrero del barrio. Es decir, ya que el viejo estaba ahí, lo incluyeron en el banquete civil. Y ni regalo había traído, por falta de moneda...

En la mitad del almuerzo, cerca de las 14 hs, momento en que me dispuse a cortar el pasto de la vereda, el tío abuelo del campo, ese que jamás hablaba, que nunca ocupaba demasiado espacio, el tímido, el silencioso, muy educadamente, pidió permiso para levantar el culo de la silla y pasar al baño. Nadie le dio pelota, nadie lo oyó porque la música de fondo a todo volumen, el griterío de la gente queriendo hablar al unísono, los pendejos que chillaban en una mesita apartada, los perros que ladraban y el ruido de los cubiertos, se encargaron de bloquear todo tipo de comunicación entre los comensales.

Cada uno estaba en la suya y ninguno se percató de que el viejo del campo, no estaba sentado a la mesa, no había regresado del baño. Su silla fue ocupada por un sobrino travieso, a quien su mamá sentó con los grandes para castigarlo, por haberle dado una pata de pollo al ajillo al gato, el cual, desde ese momento, no paró de toser. Nadie se acordó del tío viejo, hasta que la flamante consuegra del herrero, se acercó a éste y le advirtió que la puerta del baño, no podía abrirse; estaba trabada con algo desde adentro.

-Cerrada con llave?
-No...es como si hubiese algo pesado detrás de la puerta. Puede ser que se haya metido uno de los perros, asustado por tanto ruido?
-Puede ser...- dijo don Enrique, quien se levantó de su silla mientras de limpiaba la boca con la servilleta y acompañó a la mujer hasta el cuarto de baño.

Efectivamente; la puerta, estaba trabada, desde adentro, con algo pesado y don Enrique, comenzó a hacer fuerza con el hombro para abrirla y poder ver de qué se trataba. Empujó, empujó... y consiguió abrirla un poco, lo suficiente como para asomar su cabeza y mirar qué había detrás.

-Juan Carlos! Juan Carlos, Dios mio! Ayúdenme! Juan Carlos se cayó en el baño!- gritaba con desesperación don Enrique y todos los invitados corrieron para colaborar.

El viejo, se había caído en el baño, justo detrás de la puerta que debió ser desenganchada de sus bisagras para poder acceder al cuarto y socorrer al campesino.

Le echaron agua, soda con el chorro del sifón; quisieron hacerle masajes cardíacos golpeándole el pecho de a cuatro, de a cinco, con los puños y los codos. Lo sopapearon; lo zamarrearon. Levantaban sus piernas, su cabeza... Lo movían como a un muñeco de trapo. Pero el viejo, ni .... No respondía... Yacía en el suelo con sus ojos abiertos sin dar señales de vida, aunque tampoco estando vivo daba demasiadas señales de vitalidad.
Todos se dieron cuenta de que el hombre había estado vivo alguna vez, porque ahora estaba muerto...

Decidieron llamar a la ambulancia y, cuando llegaron los médicos y constataron el deceso del occiso, avisaron que debía intervenir la policía, debido a que la rústica víctima, había muerto en una casa que no era la suya y en circunstancias no establecidas.

-Pero nosotros no lo matamos!- gritaba la recién esposada secándose las lágrimas cargadas con microgotas de impotencia, rabia, desilusión y tristeza, con la palma de la mano.

Llegó la policía con un fiscal de turno. Tomaron fotos del campesino muertito en el baño, de la puerta arrancada de sus bisagras, del lechón, de los novios y del gato queriendo escupir los huesitos del pollo al ajillo, luego de lo cual, se llevaron el cuerpo sin vida del tio abuelo a la morgue judicial.

La flamante esposa se echó a llorar con fuerza y, se supone que presa por el nerviosismo y la angustia, se la oyó decir "Para qué mierda invitaron al viejo ese! A quién se le ocurrió?, si no lo vemos en la puta vida! Yo ni sé cómo se llama!".

Los invitados estaban consternados. Todos estaban reunidos de a grupitos en diferentes sitios de la casa, muy apenados, amargados. Ya no había música ni bullicio como sonido de fondo sino, ahora, llantos y quejidos. Hasta que un grito de horror y desesperación, irrumpió de pronto el monótono lamento.

-Ayuda! Ayuda! Enrique! Ayuda!- la esposa del herrero chillaba desde su habitación.
-Y ahora? Qué pasó ahora?- exclamó Juan Cruz, largando a su mujer que tenía entre sus brazos.
-Tu padre, Juan! Está muerto!

Corrieron todos hacia donde venían los gritos atormentados de la mujer.

-No está muerto!- exclamó el recién estrenado esposo, que tenía su oreja apoyada en la boca de su padre- Lo escucho quejarse! Llamen a la ambulancia!!! Urgente!

Otra vez sopa! Una nueva ambulancia llegó a unos quince minutos, con médicos que, rápidamente, diagnosticaron un accidente cerebro vascular ocasionado, probablemente, por un golpe de presión, debido al estado de nerviosismo, al inmenso estrés que acababa de atravesar el pobre don Enrique.
Lo trasladaron a una clínica en donde, aún, permanece internado, con medio cuerpo inmóvil.

Once años de novios... Once años ahorrando peso sobre peso para acabar sin boda pero con funeral y sin fiesta pero con un gran baile.

Se canceló todo, la ceremonia en la iglesia, la celebración en el saloncito y el viaje de bodas.


-Ay, Lucy... pobre gente! Se les hizo añicos la ilusión que sostuvieron a lo largo de los años. Tanto esfuerzo...Es una historia de no creer! Si la cuento, pensarán que la estoy inventando o exagerando.
-Si, Sonia, un horror. Pero algo bueno debo decir de todo esto: con el ánimo que había en esa casa, quién iba a querer comer algo? Mi marido se trajo toda la comida, el chimichurri, las botellas de vino que quedaron abiertas sobre la mesa y hasta el tiramisú que habían hecho para el postre. Estaba de rico el lechón...
-Mirá vos. Viste, Lucy? No hay mal que por bien no venga.
-Y, no, Sonia... No hay...
abril 02, 2010
La raya del plomero
Si un plomero-gasista no se llama Juan, Miguel, El Tano, Coco o Paco o no se le ve la raya del culo al agacharse, no es un plomero matriculado confiable.

Mi cocina tenía una pequeña pérdida de gas. La percibí hace unos días cuando la casa permaneció muchas horas con las puertas y ventanas herméticamente cerradas. Nos habíamos ido a la mañana y volvimos a la noche, en una de esas jornadas porteñas, entufadas, húmedas y calurosas, en las que los pronosticadores de turno advierten, por las dudas, un alerta meteorlógico que vendrá, seguramente, en otra ocasión, otro día, cuando nadie lo espera. "Por si la pegan esta vez y se larga un tormentón cuando no estamos", dijimos, y cerramos todo.
Al regresar y acercarme al comedor diario, un olorcito concentrado me dió náuseas. Comencé a perseguirlo adelantando la nariz, ayudada por la elongación del cuello hacia adelante. Nunca supe porqué se intenta separar la cabeza del cuerpo para oler algo si, en posición normal, se huele de todos modos. Hice cientos de inspiraciones cortitas, llenando mis pulmones de aire sin exhalarlo. Tampoco nunca entendí porqué, para identificar un olor, uno se ve en la obligación de hiperventilarse y caer casi en desmayo, si respirando normalmente, el olor, también, se siente de todos modos.
En fin; hiperventilé hasta ubicar de dónde provenía ese tufo:

-Eureka!- grité- a que no saben de dónde sale el olor a gas?
-De la cocina...- gritaron al unísono Marcelo y Fede, que ya estaban acostados hacía media hora.
-Y cómo lo saben?- dije decepcionada, rascándome una nalga
-Porque es el único artefacto que funciona a gas en la planta baja de nuestra casa...- también al unísono me respondieron con un tono que me sonó a "boluda! es obbbvvvio!".

Y yo que me había tomado el trabajo de rastrear el origen de ese olor a gas... Cerré la llave de seguridad y me fuí a dormir, enojada porque nadie en casa había valorado mi hallazgo.

La búsqueda del plomero:

Encontrar un plomero matriculado confiable en Ituzaingó, o de otro sitio, que se digne a venir a mi pueblo, es como pretender hacer el repulgue de las empanadas con los cachetes del culo.
Los plomeros son una especie en extinción y, los que hay, recomendados como para dejarlos entrar en tu casa, se creen neurocirujanos, cobran como si fuesen neurocirujanos y programan la neurocirugía de los caños flexibles de gas, para cuando ellos tienen ganas y tiempo para hacerlo.

Recurrí a todos los que tengo anotados en la agenda de "Servicios", esa que tiene tapa azul y en la que anoto los números telefónicos de técnicos a los que nunca debería recurrir pues jamás me han resuelto nada o, lo que es peor, me han complicado las cosas.
Esa agenda azul, es como un facebook de servidores pero, en vez de agregarlos como amigos y dejarles saludos cariñosos en su muro, los adjunto como enemigos y les escribo puteadas e insultos. Por ejemplo, en la letra A tengo 14 albañiles; todos me han fallado o estafado, al menos una vez. A continuación de cada nombre del servidor, escribo una palabra que me advierte, por si me olvido el día de mañana, y cometo el error de volver a llamarlo:
"Evaristo 022067xxxx (es el paraguayo que me colocó los bloques de jardín todos torcidos porque estaba en pedo. Borracho de mier...";
"Juan Carlos 4661xxxx (es el que pidió plata adelantada y no volvió nunca más)".

En la P de plomero, tengo a unos cuantos, tres de ellos con advertencias y, los otros sin referencia experimental alguna. A esos, los llamé. Dos, no tenían tiempo para venir urgente. Otros dos, "no sabe, no contesta"; titubearon cuando les dije que debían venir hasta Ituzaingó por poca cosa.
Había un Iván, que dudé en llamar pues no me cierra un plomero-gasista con ese nombre. Es como si una monja se llamase Wendy...
Pero marqué el número de Iván y vino al día siguiente.

.Chanta con 4x4

Iván llegó con una camioneta 4x4 negra, con vidrios polarizados y un ayudante que era una bola de pelos. Miró por encima a la cocina y me comentó que los tornillos de la parte superior estaban oxidados e iban a precisar una moladora para cortarles la cabeza y poder retirar la tapa.

-Una moladora...? No será mucho?
-Nooo! Qué otra manera se te ocurre para quitar un tornillo que está supeagarrado al mecanismo desde hace años?- me dijo sobrándome, descalificándome.
-No sé... acá el experto en tornillos sos vos. Yo me especializo en clavos.
-Ja! lo decís por tu marido?
-No, lo digo por los plomeros que me tocan en suerte. Con una moladora me vas a romper la cocina.
-Bueno... Yo propongo eso si tenés una idea mejor...
-Si, mejor será que consulte con otro gasista. Cualquier cosita te llamo.
-Oka, nena- (me dijiste "nena" sin saber que odio que me digan "nena", pelotudodeputa!)- son treinta y cinco pesos la visita.

Treinta y cinco pesos???? Treinta y cinco por pararte enfrente de una cocina, mirarla y decir dos estupideces? Yo quería que se fuera, no me caía para nada bien el tipo y me daba asco la bola de pelos que había traído como acompañante, custodio, ayudante o lo que fuese. Se los dí y se fué.

Tomé mi Facebook de servidores enemigos y agregué al lado del nombre Iván: "no confiar en un plomero gasista con ese nombre. Chanta!". Y llamé a Néstor.

.El que gotea transpiración cuando se le complica

Néstor vino esa misma tarde. Luchó media hora con los tornillos. No salían; ni se movían. La transpiración de la frente caía en gotas gruesas sobre el acero inoxidable de mi Indesit de cuatro hornallas.

-No salen los tornillos. No hay manera. Lo único que se me ocurre es cortarles la cabeza y así poder sacar la tapa.
-Con una moladora?-pregunté con temor a que me respondiese que sí y tener que darle la razón a la monja Wendy.
-No sé... yo no tengo moladora... tampoco tengo quién pueda prestarme una...No se me ocurre cómo sacar los tornillos sin romper o rallar el acero de la cocina- por un momento me dió la impresión de que tenía ganas de llorar el hombre, por la frustración.
-Bueno; mire, Néstor, deje nomás. Cuando regrese mi esposo le comento y vemos si se le ocurre algo. Cualquier cosita lo llamo.

El tipo se fué rapidito. No le gustaba el trabajo que tenía que hacer; era demasiado laburo por un escapecito de gas sin importancia y poca plata. Éste, al menos, no me cobró la visita.
Tomé la agenda azul y escribí al lado de su nombre "no tiene muchas luces para resolver algo que se le complica, además, transpira a chorros. Puaj!".

.La matrícula del plomero está en la raya del culo

El último nombre que tenía para echar mano, era un tal Miguel Bárbaro.
Marqué el número y atendió una mujer:

-Si, buenas tardes. Se encuentra el señor Bárbaro?
-No... está equivocada.
-Disculpe- y colgué.

Revisé en el display del inalámbrico que el número marcado coincidía con el que tenía anotado y era correcto. "Se habrá mudado", pensé. Hace tanto tiempo que tengo esa agenda... al menos 15 años, desde que vivo en Ituzaingó.
Noté que, en el renglón de abajo, había anotado un celular con letra de mi marido, y probé.

-Buenas tardes. Miguel?
-Él mismo- respondió una voz cordial

Bingo! Mientras le comentaba el problema, aproveché para tachar el número telefónico al que había llamado antes, el erróneo. Prometió venir lo antes posible.

A las dos horas, el tal Miguel, estaba en casa, con su cajita de herramientas de metal oxidada en mano. Se lo veía sucio, posiblemente por haber estado trabajando hasta ese momento. Traía puesta una de esas remeras sin mangas, no musculosa, sin mangas! No hay nada más desagradable que un hombre con remera sin mangas y con los brazos fláccidos.

-Veamos al paciente- dijo, parándose frente a la cocina. "No te digo?", pensé, "otro que se cree un neurocirujano! Vamos a ver con qué me sale éste..."

Se agachó para elegir unos chirimbolos de su caja azul y pude verle la raya del culo, un poco velluda para mi gusto. Cuando se incorporó, el pantalón le quedó en la mitad de sus cachas y nunca se preocupó en acomodárselo. Se puso a luchar con los tornillos de la cocina y yo, detrás suyo, a unos metros, no podía dejar de mirarle ese trasero desagradable al aire y lo imaginaba sentado a la mesa, en familia, pidiéndole a uno de sus hijos "tirá de este dedo", mientras se desgracia con un estruendoso pedo.
"Qué asco este tipo!", pensaba yo, "ojalá me diga que no puede sacar los tornillos y se vaya de una buena vez".

-Bueno, doña. Acá está el problema...- ya había sacado la tapa superior de la Indesit de acero inoxidable.
-Pero...cómo hizo para retirar los tornillos?
-Se dice el pecado pero no el pecador- respondió el neurocirujano, celando su secreto.
-Sin moladora?
-Ma qué moladora ni moladora! Hace falta...como es?- me preguntó señalando su cabeza
-Sentido común?
-Eso! Sentido común.

"Y ganas de trabajar", pensé, pero no se lo dije.

El tipo hizo su labor y me cobró un precio justo, ni mucho ni poco.
Antes de cerrar la puerta de entrada, se me ocurrió preguntarle su número de línea fija. Le pedí que esperase para ir a buscar mi agendita azul, mi facebook de servidores y técnicos, para no anotarlo en cualquier papelito y perderlo luego, como pasa siempre.
El hombre me recitó su teléfono y noté que era el mismo al cual había llamado antes y una mujer me había dicho que estaba equivocada.
Ahí caí... Yo había preguntado por el señor "bárbaro" y no era su apellido, era la referencia que alguna vez, había anotado al lado de su nombre, para advertir que el tal Miguel, era un plomero-gasista formidable o, al menos, serio y profesional en su trabajo.

No hay nada que hacer! Si a un plomero no se le ve la raya del culo, no es plomero...
marzo 10, 2010
Brecha
Hoy es el cumpleaños de mi hermana. Cada 10 de marzo, Coca me da la posibilidad de poder decir que soy cinco años más joven que ella. Esta diferencia dura hasta el 27 de noviembre, día en el que se achica la brecha y se convierte en cuatro años mayor que yo.
Tengo ocho meses de changüí para enrostrarle que soy bastante más joven, y cuatro para hacer silencio y reflexionar sobre lo poco que dura la juventud respecto de una referencia móvil...

Mi hermana fué feliz solo cuatro años y medio en toda su vida. Después nací yo. Llegué no solo para quitarle la calidad de única en todo, también, para alterar su desarrollo sociopsíquicoemocional. En una palabra, le cagué la existencia!
A sus cuatro añitos y medio, no le nació cualquier hermanita, le nací yo, un pequeño engendro mental que, desde el momento en que pudo expresarse y darse a entender, le ha hecho pasar papelones históricos que fueron influyendo en el trazado de su personalidad.

No sé si primero fué el huevo o la gallina. No sé si ella quiso matarme con un cuchillo de cocina, cuando yo aún era una bebé indefensa, porque avizoraba su desgraciado futuro a mi lado (los chicos tienen esa percepción; como si un angelito les advirtiese al oído cual es el peligro) o si mi comportamiento posterior se debió a una venganza eterna por haber estado al borde de la muerte, acuchilladita por mi propia hermana.

Es cierto que, a sus once o doce años, cuando mi mamá la obligó a calzar su primer corpiño juvenil, esperé a que llegasen sus amigos varones para contarles la novedad. Nunca me lo perdonó...

Es cierto que, cuando cumplió los quince, le regalaron unas preciosas pantuflas de piel, traidas especialmente de la Patagonia y que no se decidía a estrenar por no deteriorarlas, y yo, en un ratito nomás, hice que se convirtieran en trocitos de pelo desparramados por toda la casa. Se las entregué como juguete a nuestra perra Lila, una pointer entrenada para cazar animales con precisión. Qué feliz estaba Lila, mordisqueando las pantuflas! Tampoco me lo perdonó...

Es cierto que eché mano al recurso de extorsión para obtener beneficios personales. Supongo que ni eso consiguió perdonarme...

Es cierto que, aprovechándome del efecto aniquilador que le provocaba el chirrido de la fricción entre dos metales, la corría por toda la casa raspando un tenedor contra el fondo de una cacerola con todas mis fuerzas. Es lógico que no me lo perdone...

Es cierto que casi incendia nuestra casa por mi culpa, aquella vez, en la que se escondió a fumar en el cuartito de la terraza y yo, sabiéndola preocupada por si regresaban nuestros padres y la descubrían, le grité desde abajo que mamá estaba en casa y subiendo las escaleras. Ella, en la desesperación por escabullir el cuerpo del delito, metió el cigarrillo dentro de un baúl lleno de ropa, encendido, y bajó corriendo a refugiarse en nuestra habitación. Mi bocota riente se cerró cuando, más tarde, vimos el humo gris emanar por las ventanas. Mis padres no se lo perdonaron. Ella no me lo perdonó. Yo no me lo perdonaría...

Es absolutamente cierto que, cuando invitó por primera vez a cenar al único novio oficial que tuvo, les hice pasar un momento de mierda, a él y a ella. Mi mamá había decidido cocinar "capelletti in brodo" (en caldo), la especialidad de la familia. Me tocó poner la mesa. Al lado de cada plato hondo, apoyé su respectiva cuchara sopera. Con la excitación y los nervios que provocaba la ocasión especial, nadie se percató que al invitado, le había puesto, adrede y con la mas perversa intención de incomodarlo, un cucharón de salsa, de esos grandes y redondos. Mientras todos bebíamos el caldo con la mirada en el plato, el pobre ensayaba malabarismos bucales para poder acomodar sus labios en el cubierto, mientras lo inclinaba hacia sí, haciendo caer el líquido que llovía en el plato. Era su primera vez en la casa de su novia... Era muy tímido y respetuoso... Y yo era muy turra...
Eso sí me lo perdonó la Coca, pero después del divorcio...


Hoy podría superarme a mi misma si quisiera. Podría, por ejemplo, escribir bien grandote el número de años que cumple la Coca y con eso, la remataría.
Pero ya no soy aquella que gozaba haciéndole maldades, ni ella es aquella que se echaba a llorar pidiendo clemencia. Ahora me cagaría a palos! Y yo seré mala pero no estúpida...

De todos modos, elegí hacerle una última maldad como regalo:

Hoy se abre la brecha. De acá hasta el 27 de noviembre, tendremos cinco años de diferencia, a mi favor, claro. Lo siento, hermanita...
Te quiero.
febrero 17, 2010
Vacaciones
Qué gracia tendría contar lo bien que pasé mis vacaciones? Ninguna, en absoluto. Nada hay más aburrido que leer el relato benigno de alguien que acaba de regresar de pasar una quincena de días de esparcimiento, dando tregua a la rutina anual.
Además, no sería yo si desperdiciase un post describiendo con detalles las alegrías vividas en este puñadito de soles y lunas, algo lejos de mi casa.

Me sentiría una estúpida contando, por ejemplo, lo que disfruté caminando tomada de la mano de mi legítimo marido como dos tórtolos, sin tiempos, aquellas noches marplatenses calurosas y diáfanas. Me sentiría una estúpida, sobre todo, porque no estaría diciendo la verdad, toda la verdad, excluyendo en el relato que mientras andábamos esas veredas del centro con verdaderos deseos de gozar del paseo, debiámos estar atentos de no pisar los soretes de los perros que minaban el camino, sin descuidarnos, a la vez, de los eventuales arrebatadores que especulan con la vista atenta al suelo de los turistas evitando embadurnarse los zapatos con caquita de animal ajeno, mientras respirábamos la pestilencia, profunda y penetrante, resultado de los efectos colaterales de los indigentes y mamados que duermen en cuanto recoveco hay en la estructura edilicia de la gran cuidad, mezclado con el tufo a fritanga que emanaba de algunos locales de comidas rápidas, esos que suelen ocasionar tránsito intestinal más rápido aún a quienes la consumen.

Yo no sirvo para contar lo bueno de lo bueno. Estoy programada para relatar lo malo de lo bueno. Me divierte más, me satisface más.



V A C A C I O N E S E N L A I N F E L I Z


  • EL ALOJAMIENTO


Alquilar un departamento en Mar del Plata, sin haberlo visto antes, confiando en las referencias que nos da el dueño para encajárnoslo, es como una cita a ciegas con un señor conocido por medio del chat que cuelga fotos de George Clooney en su perfil y con el que combinamos encontrarnos directamente en el registro civil con fecha de entrega.

"Está a dos cuadras del mar y a cuatro de la calle Güemes, el paseo concheto de la ciudad..." nos sedujo el propietario. Si, si, sisisisi; era cierto. Pero lo que omitió decir es que estaba en la zona más ruidosa y fastidiosa de Mar del Plata; qué digo de Mar del Plata? DEL MUNDO!
No hubo una prostituta noche en la que pudiésemos dormir.
Bocinas que disparaban alarmas que disparaban a otras alarmas que hacían disparar a otras alarmas de los autos estacionados justo debajo de nuestro balcón, siete pisos más abajo. Gente que pasaba gritando; el trencito de la alegría con esa música de porquería; fiestas con estruendosos petardos; más bocinas; más alarmas; "X28 activada", "X28 desactivada" (quién mierda puede tener todavía una X28 con esa horrenda voz nasal artificial que avisa cuando está conectada o desconectada la recalcada alarma del auto!?); los vecinos del edificio... ay! los vecinos del edificio...


El puteador latoso:

Cada noche, entre las dos y tres de la madrugada, empezaba la función. Alguien anónimo, fastidiaba con algo que molestaba a todos pero que, sin embargo, solo uno, siempre el mismo, se encargaba de hacerle notar lo irrespetuoso que estaba siendo:

-Apagá la música laconchadetumadre! Son las tres de la mañana!
(El sonido aumentaba de volúmen)
-Apagá esa mierrrrda! Más respeto, carajo!
(La mierda, entonces, se oía más fuerte)
-Pero estás drogado? No entendés que hay horarios para respetar? Sos un hijoeputa! Te voy a...

No sabía que había tantas malas palabras. Aprendí un repertorio de epítetos que nunca nadie me había enseñado. Por supuesto, tomé nota.


Pase de facturas en la noche:


Tipo dos de la mañana, una pareja, de quien sabe qué piso y de cual de los edificios lindantes, comenzó a discutir. Ella le reclamaba a él que jamás le pasaba dinero de lo que cobraba del sueldo y él, se defendía atacándola con palabrotas y amenzas.
A las cuatro, Marcelo y yo, en calzones, nos descubrimos arrodillados sobre la cómoda y con la oreja derecha pegada a la persiana.

-Qué le dijo al final de la frase? Lengua bífida?
-Gorda frígida, le dijo. Shhhhh, jame escuchar...

Mi marido y yo, trepados a la cómoda, teníamos show gratis. Afuera, en la calle, el ruido era traído y llevado por el viento y a veces, no nos permitía escuchar bien los remates de la discusión.

-Ella tiene razón... él es un miserable-opinaba aprovechando el bache
-Es una boluda! Si hasta llora como una boluda!- sentenciaba mi cónyuge, mientras intentaba subir un poco más la persiana con el fin de oir mejor.
-Que la terminen o que hablen más claro, caracho!


El ascensor

La puerta de nuestro departamento se encontraba pegadita a la de los ascensores por lo que, cada vez que alguno subía o bajaba del séptimo piso, nos rendía cuentas involuntariamente.
Cuánto descortés se toma vacaciones! y, todos, se aglutinaron en mi edificio.
Muchas veces, se olvidaban de cerrar correctamente las puertas de los elevadores en los pisos inferiores por lo cual, cuando un vecino del séptimo pretendía descender, debía gritar, a cualquier hora de la noche, hasta desgañitarse, para que un alma compasiva oyese el reclamo y se dispusiera a habilitar el uso del aparato, tan solo, cerrando la puta puerta.

"Ascensooooooooooooorrrrrrrrrrrrrrrrrrrr! Ascensoooooooorrrrrrrrrrrrrrrr!", golpeando con la palma de la mano contra el acero, a las tres, cuatro, seis de la mañana y nosotros, con los ojos fuera de órbita, clavados en el techo...


  • LA PLAYA


Para poder conseguir una playa decente, en donde sentarte en la arena no implique tener que aceptar los dedos del pié de un desconocido hundido en el ojete, hay que subirse al auto y alejarse hacia Punta Mogotes y más allá.
Las playas de la Feliz son un asco; sucias, repletas y olorosas.
Si vas a una playa del centro y decidís caminar por la arena, es posible que, cuando regreses, traigas un profiláctico usado enganchado en el dedo gordo del pie, un sorete humano aplastado en el talón y una bolsita de nylon o un pañal descartable a modo de tobillera, enroscados en la tibia.
Para evitarlo, hay que alquilar carpa en un balneario, lejos, en donde te ofrecen piscinas, restaurante, música, actividades, limpieza, seguridad, a cambio de entregar el rosquete, porque cuestan caro, pero valen la pena.

Dedicamos una tarde completa a visitar los cien balnearios del sur con el fin de escoger uno que encajase en las pretensiones de los tres integrantes de la familia y quedarnos con ese, para no perder tiempo, cada día, en yirar buscando uno diferente. Una vez elegido el balneario al cual iríamos a pasar los días de sol y calor completos, nos quedamos tranquilos. Todos estuvimos de acuerdo. Escogimos uno en el que los tres tuviésemos algo que nos entusiasmara: Valu tenía juegos, pileta para niños con actividades recreativas, Marcelo tenía una piscina de película y culos de película para regocijar la vista y yo, baños implecables (puedo estar todo el día sin hacerte un pis si hay un granito de arena en la tapa del inodoro. Pishar en el mar? Naaaah, gracias... Eso lo hacía mi vieja y me traumatizó).


Cuando quise ser del pueblo.


Una mañana desperté con el deseo de vivir una experiencia popular. Le pedí a mi marido que comprase una de esas carpitas iglú, aquellas tan simpáticas que parecen haber reemplazado a las sombrillas, y me permitiese vivir la experiencia de ir a una playa pública.
Compramos un lindo iglú de colores vivos.
Al llegar a la playa, estuvimos media hora para encontrar un sitio de un metro y medio lineal libre para poder armar la carpa, y cuarenta minutos intentando poner en práctica las instrucciones del vendedor para pasar las varillas contraíbles por las ranuras de la tela y asi, montar finalmente el iglú.
Precioso quedó! Estábamos chochos con el coso ese, salvo por un detalle: en su interior, hacía tanto, pero tanto calor, que era preferible morir calcinados por el sol de mediodía fuera de él.

-No se supone que debería servir para proteger del calor? Es guita tirada!- decía mi cónyuge viendo como yo sacaba la heladerita con los sanguches y la bebida, fuera de la carpa, y la ponía a salvo de la temperatura marciana, protegiéndola bajo los rayos solares que estarían en los 38º F de sensación térmica- Plata tirada! Para qué me hiciste comprar esta carpa si no la vas a usar hoy ni nunca más? Sos cabezona!
-Y para qué me hiciste caso?
-Por no discutir en vacaciones...
-Vos no tenés espiritu aventurero, Marce.
-Ah! y vos? Si tenés menos campamento que Paris Hilton!
-Metete en el sauna portátil y quedate amortizando el gasto- y lo dejé hablando solo sentado dentro del iglú, y me fuí con la nena a remojar las patas al mar, segura de que, al regresar, lo encontraría con la masa encefálica derretida y, por lo tanto, sin ganas de seguir reprochando.


El Tsunami

Por allá, a lo lejos, oí sonidos de tambores. "Uy! Una murga!" Tomé a Valentina de la mano y me fuí al epicentro de la joda a divertirme un rato. Nos alejamos un poco. Estuvimos unos cuarenta y cinco minutos, una hora, tal vez, un poco más, viendo a cuatro pelotudos tocar un tambor y dos platillos, moviéndose como si las marabuntas le estuviesen comiendo la planta de los pies, y decidí regresar, cuando recordé que tenía un marido que había dejado amortizando el efecto invernadero, a bañomaría, que estaría preocupado por sus chicas.
Tan entretenida estaba viendo como esos payasos nos tomaban el pelo, aturdiéndonos con sus ruidos sin compás, que no me enteré de que el cielo, de pronto, se había puesto negro.

Al girar sobre mi eje para desandar el camino, noté que, a cien metros de donde estaba, había mucha menos gente en la playa y, la poca que quedaba, corría desesperada tomando sus pertenencias, gritaba, caía tropezándose y chocándose unos contra otros... "Qué pasa aca?", pensé sosteniendo de la mano bien fuerte a Valentina. Unos metros más allá, la arena se puso agresiva.
Valentina y yo no podíamos avanzar; el viento se compactó convirtiéndose en una pared elástica frente a nuestros cuerpos y la arenilla se nos clavaba en la piel como sílice, obsesionada con meterse dentro de nuestros ojos.

-Mamita... me duele... no puedo caminar! No puedo ver!-lloraba la nena a quien llevaba casi flamenado, sosteniéndola fuertemente.
-Ya casi llegamos, mi amor. Falta poco.

La playa había quedado desierta; ni los guardavidas estaban. Solo, a unos diez metros de nosotras, pude ver a mi marido, parado, con todos los bártulos que habíamos llevado colgados de cada uno de los miembros con que cuenta en su cuerpo humano.
Verlo ahí, paradito, en medio de la tormenta, rodeado de arena danzante, con el bolso enganchado en un hombro, la heladerita colgada del otro, los baldecitos de la nena ocupando una mano, los toallones enroscados en su cabeza y piernas, lo que quedó del iglú pendiendo de su antebrazo, mis ojotas en la otra mano y algunas bolsitas de plásticas voladoras, atascadas en su mejilla y sus muslos, me causó mucha gracia...

-De qué te reís????!!!!- gritó, escupiendo arena- Vos estás loca? Vamos! Corré! Hay que ponerse a salvo!

Yo no podía avanzar, no me lo permitía el viento ni la arena. Unos intensos relámpagos iluminaron el cielo borrascoso y, de inmediato, el estruendo del trueno que provocó el pánico de los pocos turistas que quedaban corriendo en la playa.
Marcelo, de pronto, largó todas las cosas que tenía encima y, aupando a Valentina, me dijo "agarrá las cosas que puedas y corré todo lo que te den las piernas. Yo me encargo de la nena", y se alejó unos metros, para poner a salvo a su tesoro más valioso.
Miré los bultos que habían quedado desparramados y elegí, en un instante, cuales salvar llevándolos conmigo. Por supuesto, cargué el bolso, en donde estaban mis cosméticos y la heladera, en donde estaban los sanguches que aún, no habíamos podido almorzar.

Llegué última a reunirme con la multitud que se había guarecido en un espacio construído lejos de la playa y el mar.

-Cómo se te ocurre alejarte con la nena, justo cuando se está acercando una tormenta tan violenta? Yo estaba desesperado, Sonia! Apenas te fuiste, los guardavidas comenzaron a hacer sonar el silbato para advertir a la gente que debía salir del agua y avisaban a todos que se fueran de la playa lo más urgente posible. No los oíste? De repente, se armó el temporal y no me daban las manos para juntar nuestras cosas mientras buscaba con la mirada a mi hija y mi esposa que no llegaban nunca!
-Ehhhh! Tranquiiiilo! No pasó nada... Acá estamos, sanas y a salvo.
-Pensé que les había sucedido algo! No sé...pensé que una sombrilla arrancada por el viento las había lastimado; que se habían perdido en medio de la desesperación de la gente...
-Nosotras estábamos tranquilas aceptando que cuatro idiotas nos tomen el pelo.
-Nunca...jurame, NUNCA más te alejes con Valentina en un día tormentoso. En el mar, nunca se sabe.
-No estarás exagerando?
-Con los desastres naturales inesperados que están sucediendo desde hace un tiempo, vos crees descabellado pensar que pueda ocurrir un tsunami en Argentina?
-No en Mar del Plata, Marce... un tsunami tiene demasiada categoría como para acontecer en esta mierda...

En una cosa no exageró mi marido, debo admitirlo: haber comprado el iglú fué guita tirada. Lo perdimos en la "operación evacuación" para ponernos a salvo del tsunami que no fué...


  • ESTRES VACACIONAL

LOS QUE LLEVAN LA LOCURA A PASEAR

Yo no digo que la gente que sale de vacaciones debe fumarse un porro y flotar por las calles repitiendo la expresión "mechupaungüevo". No digo que en vacaciones es obligatorio relajarse hasta el punto de no controlar esfínteres para contrarrestar el culito apretado de la tensión en época de actividad laboral. Sostengo que, quienes pueden tomarse unos días de descanso merecidos, intenten mantenerse serenos y gozar de esa oportunidad, por ellos mismos y por el resto de las personas que buscan distenderse un poco.
Entiendo que haya personas que no encuentran la manera de desengancharse de los problemas cotidianos pero llevarse el nerviosismo a un lugar de esparcimiento, es una falta de respeto al prójimo.

Los prepotentes impacientes

Me cansé de presenciar discusiones entre deficientes espirituales, por un lugar en un estacionamiento, por no avanzar de inmediato cuando el semáforo marca el verde, por colarse en la fila de McDonald's o por abrirse paso a los empujones para obtener un producto gratuito de esos que reparten unas chicas con las cachas asomadas bajo los shorts, para hacer publicidad.
Son idiotas?

Una noche, caminábamos por la Avenida Colón y observo que dos tipos, en una esquina, se hablaban chocándose los pechitos, como hacen los gallos. Me acerqué, no porque quisiera intervenir o escuchar, sino porque era el camino obligado que debía hacer para regresar. Se insultaban y se reprochaban: uno le decía al otro que había detenido el auto justo delante de su paso y el otro, que por qué quería atravesar la calle en el preciso lugar en donde él había estacionado.
Se empujaban, acercaban sus rostros y se hablaban escupiéndose bronca y saliva mientras gritaban. Debió intervenir la policía.
Hay necesidad?

Estafados y estafadores

Otro día, una señora y su esposo hicieron un escándalo en una farmacia porque la balanza que estaba en la puerta no funcionaba y les había comido los cincuenta centavos que habían metido en la ranura. "Esto es una estafa!", gritaba la mujer, "YA mismo quiero que me devuelvan mis cincuenta centavos!". La empleada del local pretendía explicarles que no contaba con monedas y que tampoco podía acceder a las que estaban dentro de la máquina pues, necesitaba una llave que solo el dueño tenía y éste, no estaba allí. Les decía que esperasen un poco hasta conseguir los cincuenta centavos, pero esta pareja cubría sus palabras con gritos. Hasta que me pudrí del escándalo y la demora que éste provocaba a las personas que estábamos en la fila de caja para pagar lo que habíamos ido a comprar y saqué una moneda de un peso del bolsillo de mi cartera y se la ofrecí a la vieja escandalosa: "Tome, señora. Váyase que no la aguantamos más! Quédese con el vuelto".
Cuando me tocó pagar, la cajera me informó que eran dieciseis pesos. Yo tenía un billete de diez, uno de cinco y uno de cien. Le ofrecí cien y me dijo, rotundamente, que no tenía cambio para el vuelto, entonces, le dije que tenía quince:

-Pero faltaría un peso...
-Si, pero yo le dí un peso a la pareja que acaba de irse. Descontámelo de los dieciseis y cobrame quince.
-Bueno, pero el peso se lo diste porque vos quisiste. Yo no puedo hacerme cargo...
-Ok, entonces, conseguí cambio y cobrate de los cien.
-No tengo cómo conseguir.
-Entonces cobrame quince y hacé de cuenta que el peso se lo diste vos a los viejos quilomberos que, por otra parte, yo te saqué de encima.
-Imposible. El peso se lo diste vos, no yo.
-Metete los tampones el culo, linda, y taponátelos con las monedas de un peso y de cincuenta centavos que nos fregaste a los viejos y a mi!- le dije, con una sonrisa hipócrita y sin levantar la voz, dejándole la caja de Days medio sobre el mostrador.

El frustrado

Llegamos al inmenso estacionamiento del balneario, 40 grados a la sombra, y había fila para entrar. Nos ubicamos detrás de un Fiat Uno, que en alguna época habría sido de color azul, modelo 74. De pronto, notamos que llega otro empleado, además del que ya estaba organizando la entrada, y habilita otro paso para agilizar el ingreso. Marcelo espera unos segundos y, al ver que ninguno de los otros conductores de adelante tomaba la iniciativa de abrirse y armar una nueva fila, decidió hacerlo él.
En un minuto, ya estábamos adentro, estacionando el auto en el lugar indicado. A nuestro lado, pegadito, se detuvo el Fiat '74 y, del cual bajan un hombre y una mujer que se nos acercan.

-Vos sos vivo?- le dijo el tipo, nerviosito, a mi marido legítimo.
-Ehhhh???????
-Vos qué te pensas, que porque tenés guita vas a poder pisotear a quien se te da la gana?
-Perdón? No entiendo...
-Seeee que entendés! Entendes muy bien, maleducado! Te adelantaste en la fila y sobrepasaste a todos los que estábamos esperando. No te hagas el boludo- el hombre tenía ganas de pelear.
-Yo no tengo la culpa si sos lento. No iba a estar una hora esperando a que decidas meterte en la fila nueva.
-Vos sos un canchero como todos los que tienen guita!- se me escapó una carcajada. Por la situación bizarra y porque el imbécil insistía con que somos ricos. La mujer que lo acompañaba me miró y me dijo "maleducada!", lo que me produjo más risa aún.
-No tengo ganas de discutir, flaco- advirtió mi marido- Ya está...ya fué... Estoy de vacaciones...
-Eso no te da derecho a basurear a la gente!
-Yo no te basureé. No molestes...- decía Marcelo, sin mirarlo, mientras sacaba del baúl, los bártulos que habíamos llevado para pasar el día- Relajate, hermano, ya fué...

Y nos fuimos caminando hacia la entrada del balneario mientras, los otros dos, nos seguían por detrás, haciendo comentarios como "son todos iguales!", "los que tienen un mango piensan que pueden humillarnos" y nosotros, escuchábamos sin responder, hasta que la mujer, tuvo la desafortunada idea de levantar la voz y vomitar "la culpa es tuya, negro, tenías que haberlo cagado a trompadas, para que aprenda". Ayyyy!, pensé, activó el botón de autodestrucción! Mi marido se dió vuelta y la música de la película Tiburón, sonó, virtualmente, de pronto, como fondo de escena, y la miró fijamente por eternos cinco segundos.
El hombre morocho pendenciero apretó el culito y, sobrecargado de bultos (sombrilla, heladera de telgopor, bolsas, bolsos, los cosos para jugar al tejo, etc), siguió con paso firme hasta perderse en la playa pública, como si no le pesaran nada, con la cabeza gacha.


  • LO QUE UNO HACE POR SUS HIJOS

Las actividades que divierten a Valentina son muy excéntricas y caras o muy, pero muy berretas. Ella puede pedirte que la complazcas con una vuelta sobre el mar en helicóptero y también, puede secarte hasta conseguirlo, un paseo a mirar la vidriera de un negocio en donde venden mascotas. Ambas propuestas le ofrecen la misma intensidad de felicidad. Pero no a mi...


El Tren del horror

Me pregunto hasta qué edad los chicos piden que se los lleve a pasear sobre el Trencito de la Alegría. Cinco? Seis? Siete? Pues si es hasta los siete, tengo decidido no volver a vacacionar JAMAS en un lugar en donde haya un puto tren de esos.

Los Trenes de la Alegría o de la Fantasía son vehículos rodados, supongo que con la base del chasis de un micro o un camión, acondicionados y decorados como si fuesen el vagón de un tren o un barco, en donde la gente paga para subir y ser llevado a dar unas cuantas vueltas pelotudas, animados por personajes infantiles, alrededor del centro de la ciudad.
Cuando los ve pasar, cree que las personas, arriba del trencito, se divierte a lo grande. Uno los escucha cantar, gritar, aplaudir y, de verdad, está seguro de que es super alegre y que vale la pena intentar una vuelta.

Valentina molestó los primeros cuatro días con que quería ir al trencito. Tanto insistió, que finalmente accedimos a su pedido.
Setenta personas subieron al tren, entre los cuales, nosotras, Valu y yo. Ella estaba fascinada porque también estaban los personajes de sus programas favoritos, con los que quiso tomarse fotos.
Ay, midió! Nunca me sentí tan ridícula, encerrada, sofocada, enojada, engañada, manoseada, maltratada, en mi vida!

Por empezar, la música que sonaba, a todo volúmen, no eran canciones para niños! Eran temas de Cacho Castaña, Sandro, cumbia villera, regaetton...
Luego, los personajes que los chicos se estiraban para tocar, acariciar, besar, eran unos fascinerosos disfrazados "de", que estoy segura, estaban bajo libertad condicional o escapados de un penal de máxima seguridad, escondidos tras esas máscaras y trajes.

.Barney, era un roñoso malhumorado que se hacía el sordo cuando un padre le pedía que posase para la foto junto a su hijo.
.El hombre araña, estuvo todo el viaje dele quete dele acomodarse los genitales metiéndose la mano por debajo del slip zunga que tenía puesto sobre su traje rojo y azul y rascándose el culo.
.Minnie, me volteba con el olor a transpiración. Pobre piba! demasiado calor y ella con ese atuendo pesado.
.Stephanie, la adolescente rosada de Lazy Town, tenía como 48 años y saludaba con una voz de fumadora reventada que metía miedo.
Quien tenía el control del micrófono y daba las directivas de lo que se debía hacer mientras el trencito avnazaba por las calles marplatenses, era la princesa... PRINCESA! madremia! Una morocha regordeta que se comió todas las eses que pudo y nos hablaba con autoritarismo y tono amenazador.
"Ahora se paran todos!", "Ahora griten la palabra 'bien' cuando yo les pregunte cómo la están pasando", "Ahora, aplaudan fuerte, fuerte!"
Asi, nos tenía recagando a todos, ordenándonos qué debíamos exclamar y cómo debíamos movernos.

Yo me quería bajar... Me sentía secuestrada... Me dió un verdadero panic attack...Hasta tuve miedo de que el conductor metiera al trencito en una calle oscura para que los personajes nos violasen y robasen nuestras pertenencias.

Luego comprendí porqué cuando uno ve pasar desde la vereda al trencito, tiene la impresión de que los de arriba se divierten sinceramente. LOS OBLIGAN A HACERSE LOS DIVERTIDOS!
Uno paga para hacerles publicidad! y, sin embargo, lo pasa como el tujes...



  • COMER O NO COMER AFUERA

Fuimos con la idea de descansar de todo lo que, obligadamente, nos toca hacer rutinariamente el resto del año.
Yo, por ejemplo, lo único que estaba dispuesta a hacer, era limpiar el baño con lavandina, porque es una manía de la que no puedo despojarme ni estando en terapia intensiva. De todo lo demás, nada de nada. Es por eso, que decidimos salir a comer afuera (no al balcón sino a un restaurante), cada noche y algún mediodía que no nos encontrase en la playa.
La gente conocida nos fué recomendando buenos lugares, en su opinión, como para no caer en sitios desagradables.

Efectivo

Créase o no, en la mayoría de los sitios a los que fuimos a cenar, no aceptan tarjetas de créditos o débito.
El primer garrón nos lo comimos en una linda pizzería del centro.
Nos sentamos famélicos, luego de un largo día de mar y caminatas, y pedimos unas cervezas y pizzas de diferentes gustos. Cuando la moza ya había dado la orden al maestro pizzero, a mi esposo se le ocurrió preguntarle, de casualidad, si podía pagar con plástico.

-No, ninguno- dijo la chica muy suelta de cuerpo- Tampoco aceptamos débito.

Tragamos saliva y nos miramos... No teníamos dinero efectivo; nunca llevamos encima más que cierta cantidad como salir del paso pero, para gastos grandes, que superen los doscientos, nos movemos con tarjetas.
Cómo no hay crédito en restaurantes de una ciudad balnearia tan grande? Son estúpidos o se hacen?
"Asi pueden negrear...", explicó mi marido.
"Y ahora? Qué hacemos?", pregunté yo.
Indicamos a la camarera que suspendiera por un rato lo pedido y Marcelo salió a buscar cajeros automáticos para retirar dinero en efectivo y asi, poder pagar nuestra cuenta.
Estuvo una hora recorriendo Banelcos hasta que dió con aquel que está debajo del casino (ahí siempre hay guita) y pudo extraer al fin. Durante esa hora, yo no sabía qué hacer para entretenerme y entretener a la nena, que ya se había comido el pan y la panera y, sin darme cuenta, bebí mi porrón de cerveza y el de mi marido, con el estómago vacío.
No estoy acostumbrada a beber alcohol, por lo que, cuando mi legítimo llegó con el dinero, yo tenía un pedo heterodoxo tal, que no me permite recordar muy nítidamente lo sucedido después.
Marcelo asegura que la pizza, no estaba muy rica...


Ahora sí, no me cagan más!

A partir de esa experiencia, cada vez que salíamos, nos asegurábamos de llevar dinero suficiente como para pagar la cena.
"No nos cagan más estos marplatenses!", decíamos creyéndonos muy pillos.

Una noche, nos emperifollamos bien y fuimos a un sitio que nos recomendó por mensaje de texto, mi cuñado. "...Es en el complejo Normandina. Se come muy bien y está en precio", se leía en el celular.
Llegamos. El lugar, precioso! Casi a la orilla del mar. La noche estaba estrellada y cálida. El restaurante, tenía inmensos ventanales que parecían contener el agua del océano.
Cuando el camarero se acercó, Marcelo ya tenía decidido el vino que iba a beber. No hizo falta que leyera las opciones de la carta. De inmediato, nos alcanzaron el menú y lo leímos... nos miramos... volvimos a leer, por si ambos nos habíamos equivocado...nos miramos otra vez y nos echamos a reir en el preciso momento en que el sommelier se acercó con la botella de vino y se dispuso a servirlo en la copa, con una mano replegada sobre su espalda y un pié detrás del otro, haciendo pose.
NUNCA CONFIES EN UN RESTAURANTE EN DONDE EL MOZO TE SIRVE EL VINO HACIENDO ADAGIO SON PLIÉS, DÉVELOPPES, GRAND FOUETTE EN TOURNANT Y JAMBE EN L' AIR (en una palabra, cuando te baila clásico con tutú), porque, seguro, te rompen el upite!
Ciento once pesos costaba un puto plato de fideos con manteca y salvia!Era el plato más económico. Ciento once pesos! Fideos! Con manteca y un cacho de hoja de salvia! Eso sí, ese precio era por media porción, si querías porción completa, el doble...

La verdad, es que debimos habernos levantado e ido, pero el vino ya estaba servido y el bailarín clásico permanecía a nuestro lado esperando para llenarnos la copa una vez vacía. No nos dió la cara...

-Tenés suficiente efectivo? Mirá que, entre los tres platos y las bebidas no vamos a gastar menos de seiscientos o setecientos mangos, eh? O pedimos media porción de algo para los tres y compartimos?
-No seas negra! Cómo vamos a compartir un plato entre los tres!? Esperá que pregunto si aceptan tarjetas de crédito, sino, tendré que ir a buscar un cajero...

Aceptaban, pero con un recargo del diez por ciento por lo cual, decidimos hacer como los tipos que contratan a prostitutas : con forrito pagan un precio, sin forrito, más... asi que, elegimos la opción sin forro, que por otra parte era la única que teníamos, y nos entregamos a gozar.
La comida? Una mierda!

Cuando llamamos a mi cuñado para preguntarle qué corno se le había pasado por la cabeza cuando nos recomendó ir a ese lugar, nos dijo que se había equivocado y que, ese mensaje, era para otra persona y en otro contexto...



Mis vacaciones fueron geniales, sobre todo, porque aprendí a disfrutar lo bueno de lo bueno, lo malo de lo bueno, lo bueno de lo malo y lo malo de lo malo. Si todo hubiese sido prolijo y estupendo, me hubiese aburrido como una ostra en una pecera.

Es que uno nunca sabe cuando podrá volver a tomarse un descansito...
Creative Commons License
Esta obra está licenciada bajo una Licencia Creative Commons Atribución-No Comercial-Sin Obras Derivadas 2.5 Argentina.