Mi nonna Ida, la esposa de
Aldo, el superhonesto, falleció a los ochenta y pico, cuando yo vivía en Italia. La última vez que hablé con ella por teléfono, fué un día antes de su última operación, a la que sobrevivió un mes, y en esa charla me prometió que, ni bien se recuperara de la intervención, viajaría a visitarnos para contarme in situ, la historia de su vida, como tantas veces lo había hecho en forma de cuento, a la distancia.
Estaba enferma de cáncer. Le habían descubierto un tumor en los intestinos en el año 99 que le extrajeron con un éxito relativo.
Era una mujer con un bienestar económico acomodado. Nunca llegamos a saber cuánto dinero había llegado a juntar de las pensiones que había cobrado mi nonno, en dólares, en compensación por haber sido Síndaco de Piacenza ad honorem, porque apenas falleció, el único hijo que quedaba viviendo en Argentina, se quedó con todo y nadie, jamás, le pidió que rindiera cuentas.
Como todos los viejos, se había convertido en una mujer tacaña y cuidaba cada moneda como si fuese la última que le quedaba, asi que, cuando se reveló su enfermedad, decidió tratarse en hospitales públicos y con médicos que no le costaban más que una botella de buen vino cada tanto.
La primera vez que la intervinieron quirúrgicamente, fué en el Hospital Eva Perón, ex Castex, de San Martin.
Mi mamá, mi tio el chorro, su esposa y yo, nos quedamos esperando sentados en la escalera, todo el tiempo que duró la operación. Acabamos con el culo frio y duro.
Tuve suficiente tiempo para angustiarme por lo que podía ver a mi alrededor: mugre; gente pidiendo por favor cosas que le eran negadas rotundamente; personas que deambulaban por los pasillos con un termo y un mate, como único desayuno, almuerzo y, quizás, cena, que habían venido desde otras provincias y estaban allí, haciendo cola, esperando a que desocupase una cama para un pariente enfermo.
-Hace tres días que estoy acá- me dijo una mujer que hablaba con voz disfónica, probablemente por el fresquete que le llegaba a la garganta, a través de la ventana que se había formado en su boca, a causa de los tres o cuatro dientes que le faltaban.
-Y para qué está? Por qué la gente vive acá? Qué es lo que esperan?
-Camas! Mi suegra se tiene que operar; ella está en Corrientes. Ni bien se desocupe una, se viene volando.
-Y si se la ocupan mientras está viniendo?
-Y bueno...qué se yo!
En ese momento, se abrió la puerta del ascensor. Dos enfermeros arrastraban una camilla sobre la cual estaba mi nonna, semidespierta, con su larguísima cabellera lloviendo detrás de la almohada. Nos paramos de un salto y solo pudimos verla pasar hacia la terapia intermedia femenina.
El médico cirujano se acercó y nos explicó las conclusiones a las que había llegado.
Cuando nos permitieron entrar a verla, mi nonna, cubierta por una sábana, sonrió. Estaba temblando como un flancito Ravanna y se quejaba porque tenía mucho, pero mucho frío.
-Es la anestesia, nonna.
-Tapame; no aguanto más.
Miré alrededor buscando una manta. El lugar era deprimente; había otras cinco mujeres, una al lado de la otra, durmiendo. No las separaba un tabique, ni una cortina, siquiera una planta seca. No había intimidad entre una convaleciente y otra.
Las peredes estaban decoradas con artísticas manchas de humedad y unos ganchos, de esos que sirven para colgar el suero, en las cabeceras de cada cama.
Mi nonna seguía temblando e insistía en pedir abrigo.
-Señora- le dije a una enfermera culona que andaba por ahí- no hay una frazada para cubrir a mi abuela?
-Nop. No hay más. Les sugiero que traigan una de su casa.
-Pero cómo? El hospital no tiene?
-Si, pero las que hay ya están ocupadas. Salvo que...
Comprendí la indirecta y mi mamá, también. Sacó diez pesos de la billetera y se lo ofreció a la mujer de ambo verde quien, inmediatamente los tomó y los guardó en su bolsillo sin decir palabra. Muy decidida, se acercó a la vieja que dormía al lado de mi nonna, le arrancó la manta que la cubría y la acomodó sobre la cama de la recién operada.
-Pero...destapó a una vieja para tapar a otra?
-Ni se enteró!; duerme como un angelito...-y puso su dedo índice sobre, y perpendicular, a sus labios, en un claro gesto de "callate la boca; yo sé lo que hago".
Me quedé mirando con pena a la pobre destapada mientras mi nonna seguía quejándose por el frío. La culona se acercó a mi madre, le mostró la palma de su mano y le ofreció, descaradamente, otra frazada.
-Mamá!- le susurré al oido con los dientes apretados, antes de que, otra vez, metiera la mano en la cartera- a estas mujeres les va a dar hipotermia y vamos a ser responsables de lo que los diarios mañana titularán como " Las extrañas muertes del hospital". Además, guardá algo de dinero por si tenemos que coimear para que le laven el culo o le espanten las moscas!
Mi vieja negó el ofrecimiento de la enfermera mercenaria y se acercó a su madre para acariciarle la cabeza. No sé qué movió, quizás, tocó con su pierna al caminar por el pasillo estrecho, la sonda del suero que estaba inyectada en el brazo de mi nonna: el gancho de hierro, que estaba sujetado con un tornillo bailante a la pared, cayó, de pronto, sobre la frente de mi abuela, haciéndole un machucón.
-Ayyy! Ayyy!- se quejaba la recién operada- Ayyy! ma qué pasó, Romana? Me duele la cabeza!
-Bueno, nonna, ahora, al menos, ya no vas a tener frío.- Eso me lo había enseñado mi nonno quien aseguraba que, nada mejor que darse un martillazo en un dedo cuando un fuerte dolor, en otra parte, te aqueja; tendrás un dolor nuevo pero de éste, te olvidás seguro.
-Ayyyayayyy! me duele la cabeza! Y tengo frio...
-Me caaaago...! Basta de quejarte. Dormí, nonna. Dormí..- le aconsejé mientras destrababa el sachet de suero del gancho que se le había incrustado en la frente y buscaba donde apoyarlo.
Mi abuela se lamentaba, mi mamá lloraba por la culpa que sentía, las otras viejas dormían tapaditas (una ya no), la enfermera continuaba enrollando la gasa kilométrica.
De repente, se escuchó un griterío; gente que corría por los pasillos de la terapia intensiva y muchos, muchos policías armados que parecían salir de los contenedores de residuos patológicos y otros sitios con tapa.
-Todos quietos, en su lugar! Que nadie se mueva!- gritó una mujer uniformada que quedó, obstaculizando mi visión, parada en la puerta.
-Pero qué pasó, oficial?- pregunté deseando que la respuesta no fuese que venían a deternos a mí y a mi mamá, por haberle sustraído la manta a la vieja destapada y haber coimeado a una enfermera.
-Se escapó un detenido de alta peligrosidad que estaba internado en el sector de terapia intensiva masculina con heridas de bala.
-Pero cómo que se escapó? Adónde está?
-Es lo que estamos tratando de establecer. Métase adentro que acá puede pasar cualquier cosa.
Lo único que faltaba! Primero, debimos ser cómplices y partícipes necesarios del robo miserable de la manta que abrigaba a una pobre viejecita a punto de morir, luego, casi matamos a mi nonna de un traumatismo de cráneo con elemento punzante, cortante y pestilente y ahora, un preso herido andaba suelto, escondiéndose quien sabe donde y todos estábamos en peligro.
Horas después, supimos que al reo no pudieron encontrarlo; se había escapado por la ventana del baño de damas, aprovechando que sus vidrios estaban rotos.
Todo volvió a la normalidad, siempre y cuando, se acepte llamar "normalidad" a esa situación vergonzosa de aquel hospital público.
En cuanto a mi nonna, en el tiempo en que estuvo internada allí y hasta que le dieron el alta, no porque estuviese en condiciones de volver a casa, sino porque otros ostentaban esa cama que había estado ocupando, desembolsó varios billetes para poder disfrutar de una estadía más digna.
El día en que la fuimos a buscar, saludé a la mujer que había sido su vecina, la destapada, a quien pude verla al fin despierta por primera vez, aunque con los ojos perdidos. Le devolví su frazadita entregándosela a la señora que la acompañaba:
-Tome.Cuide esta manta muy bien porque en cuanto la suelte, no la ve más.
-No, gracias, señorita- me dijo- mi mamá no siente ni frio ni calor. No siente nada.
Una suerte que me haya dicho eso último; evitó que me fuera con remordimiento.
Lo que nadie pudo evitar, es que me fuese con mucha bronca.